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Nuestro lugar oculto

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Aunque en los últimos tiempos es probable que no hayamos podido estar juntos en el mismo lugar con nuestros seres queridos y amigos —al menos, no con todos—, sí los hemos tenido en nuestras mentes y corazón.

Ustedes y nosotros hemos orado por las diferentes necesidades de nuestros hermanos, familiares, amigos y conocidos. Y le hemos dado gracias al Señor por su amor y respuestas a nuestras plegarias. Y puede ser que debamos seguir así por un tiempo. 

Aunque no hemos podido reunirnos físicamente, sí lo hemos hecho en espíritu, por teléfono, por Zoom, por Facebook y por muchos otros medios —¡gracias a Dios por eso!—, y nos hemos involucrado en nuestras mutuas necesidades, y nos hemos gozado de ver la mano del Señor en nuestras vidas. Cuidándonos, consolándonos y guiándonos a orar unos por otros.

Años atrás, para asistir a una conferencia para evangelistas de todo el mundo, tuve que ir a Ámsterdam, Holanda. Un día, con un querido amigo, hicimos un viaje a Haarlem, una pequeña ciudad a las afueras de Ámsterdam; alquilamos unas bicicletas y fuimos a recorrer la hermosa ciudad, hasta que llegamos a una joyería llamada Ten Boom. En ese lugar se desarrolló una de las historias más valientes y poderosas de la Segunda Guerra Mundial. Allí vivían Corrie ten Boom, su hermana Betsie y el padre de ambas.

En la casa de los ten Boom, escaleras arriba, había un «lugar oculto» en donde los ten Boom se las arreglaron para salvar la vida de más de 800 judíos, y para esconderse (ellos y los judíos que en esos momentos había en la casa) cuando las tropas nazis llegaban al lugar. El escondite era tan pequeño que debían dormir por turnos, pues casi todos debían permanecer parados.

Eventualmente, los nazis los descubrieron y llevaron a los ten Boom a campos de concentración, donde murieron el padre y Betsie. Corrie sobrevivió milagrosamente. En el lugar oculto había, en ese momento, seis judíos que pudieron escapar después a salvo. A Corrie, que se convirtió en una conferencista internacional, siempre le gustaba repetir la frase preferida de Betsie: «No hay ningún pozo tan profundo que el amor de Dios no sea todavía más profundo».

Corrie, más que nadie, comprendía cuán insoportable puede parecer la vida en momentos donde se deba soportar el dolor y la soledad. Estos días del coronavirus tienen un poco de ambos.

Pero, como nos mostró Corrie de una manera tan hermosa, es importante que recordemos que ningún pozo es más profundo que el amor de Dios. Él es nuestro lugar secreto, nuestro refugio secreto. Es el lugar donde podemos esconder nuestras almas. Recordemos, nunca estamos solos. Aunque estemos separados físicamente, estamos juntos en él. Nuestro fiel Señor nunca está ausente para ninguno de nosotros. Y no son solo palabras, nuestro amado Señor es una presente realidad. En él podemos descansar cada día.

«El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente… con sus plumas te cubrirá, y debajo de sus alas estarás seguro» (Salmos 91.1,4).

Recordemos, hermanos, aunque el pozo sea muy profundo, el amor de Dios es aún más profundo. Que el Señor los bendiga.

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