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Oraciones — Parte 2

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Acción de gracias

Este es el modelo que nos dan Salmos 118.1-4 y Salmos 105.1-2. Con este tipo de oración, damos gracias a Dios por lo que él ha hecho, por lo que hará y por lo que nos ha dado y dará. Dios es la fuente de estas oraciones; en él se marca la intensidad de nuestro agradecimiento, porque si Dios es perfecto, todo lo que él nos da es perfecto.

Por Edesio Sánchez

Como género, la oración de acción de gracias se encuentra a «medio camino» entre las oraciones de súplica y de alabanza; de hecho, este tipo de oración comparte mucho, desde el punto de vista temático, tanto con las oraciones de súplica como con las de alabanza. El orante, al verse bendecido por una acción salvadora de Dios ante los enemigos, una enfermedad o calamidad, prorrumpe en oraciones y cantos de gratitud a Dios. Esta clase de oraciones tienen, por lo general, tres elementos estructurales: «el anuncio de la acción de gracias», «el relato de los beneficios recibidos» y «el llamamiento o convocación a otras personas tanto de la comunidad de fe como de afuera». Salmos 22.22-31 nos ofrece un modelo de este tipo de oración:

Anuncio (v. 22-23)
Relato (v. 24)
Invitación (vv. 25-31)

Unos 20 salmos se consideran «oraciones» de acción de gracias». Sin embargo, un buen número de oraciones de lamento contienen partes que pueden definirse como «oraciones de acción de gracias». El «anuncio», «introducción» en la nomenclatura de Hermann Gunkel (1983: 281), tiene mucho parecido a la de las «alabanzas». La parte conocida como «relato» es lo característico de la oración de acción de gracias. En Salmos 116.16 (TLA) el relato se presenta en forma clara: Préstenme atención ustedes, los que adoran a Dios; vengan, que voy a contarles lo que Dios ha hecho por mí. El Salmo 107 es, quizá, el mejor ejemplo del lugar preponderante que ocupa esta parte de la oración de acción de gracias. El contenido de esta parte es, por supuesto, muy importante, tal como señala Gunkel (1983: 282): «El israelita no celebraba aquellas fiestas ni entonaba aquellos cantos más que en auténticos casos de vida o muerte». El tema de lo «narrado» viene a ser todo ese conjunto de penurias que se citan en las oraciones de «petición», pero que ya han sido resueltas de manera positiva en la vida del individuo o la comunidad orantes. La tercera parte la forma la «invitación» o «anuncio», ante una audiencia cercana o lejana, de la manera en la que Dios ha ayudado o liberado al orante o a su comunidad. Por ejemplo, Salmos 9.14 nos dice que el que ora lo hace «en las puertas de Jerusalén». En cambio, en Salmos 109.30 se dice que la «alabanza» de gratitud a Dios se hará «en medio de mucha gente».

Oraciones — Parte 2

Las oraciones de acción de gracias en la literatura en prosa o narrativa, por lo general, empiezan con la expresión «bendito sea» (baruk); este es quizá el elemento más distintivo en relación con los textos poéticos. Ese es el caso de Génesis 14:20 (RVR): Bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Aunque la lista de textos en prosa es algo largo, aquí ofrecemos otros ejemplos (Gn 24.27; Rut 4.14; 1 S 25.32, 39; 2 S 18.28; 2 Cr 6.4). En su estudio sobre las oraciones en prosa, Moshe Greenber (1983: 32-35) indica que la palabra baruk, aunque literalmente significa «bendito sea», el sentido del que lo usa, sea ante la divinidad o ante un ser humano, es el de agradecimiento y gratitud.

Confesión y penitencia

Es la que se expresa en el clásico Salmo 51. El orante se acerca a Dios, con espíritu contrito, reconociendo su pecado y su situación de maldad e imperfección. Es la oración que nos pone cara a cara con el Dios Santo y que nos asegura que nuestro Dios es un Dios tardo para la ira y gran de misericordia y fidelidad.

Aunque no es una de las formas de oración más extendidas en la Biblia, su función ha sido clave para el desarrollo espiritual del individuo y de la comuniad de fe. Este tipo de oración tiene un valor especial pues, de acuerdo al testimonio bíblico, nos coloca tanto frente a Dios como al prójimo. Pattric D. Miller (1994: 244-245) lo señala así: «La forma de confesión humana dirigida a otra persona contra la cual se ha obrado y la forma de confesión a Dios son prácticamente la misma: “He/hemos pecado” o “soy/somos culpable/s”. En 1 Samuel 26.21 tenemos un ejemplo de confesión de hombre a hombre, y en 2 Reyes 18.14 se nos da el ejemplo de confesión de un ser humano a Dios. En ambos casos, hay un reconocimiento de culpabilidad. Después viene la petición que es realmente una solicitud de reconciliación. En tercer lugar, viene lo que se denomina motivación-renunciación, es decir, para darle más peso a la petición, el «culpable» renuncia a repetir el error o pecado. En algunos casos, el que confiesa la falta termina reconociendo su error como «insensato» y «terrible» (Greenberg, 1983: 24-26). Otros ejemplos de oraciones de confesión en prosa son las siguientes: Jueces 10.10-15; 2 Samuel 24.10; 1 Reyes 8.47; Esdras 9.6-15. De particular importancia es la oración que Daniel hace a favor de todo su pueblo (Dn 9.3-19).

Oraciones Parte II

Oración de intercesión

Génesis 18.20-32, Deuteronomio 9.7-29 y Juan 17 son modelos de este tipo de oración. En ella, el orante se desprende de sus preocupaciones personales y entra en la presencia de Dios suplicando su ayuda, apoyo y acción en favor de otras personas. Es el tipo de oración que se coloca en el corazón del mandamiento central de la Biblia al que hace referencia el apóstol Pablo en Romanos 13.8-12. Es el tipo de oración al que alude Santiago 5.14-18.

En su estudio sobre la oración, Pattick D. Miller (1994: 262-263), concluye que en el Antiguo Testamento, las oraciones de intercesión casi siempre son hechas por los «líderes» de la familia, de la tribu o de la nación. Ese papel intercesor del líder va en función directa a su papel de «mediador» entre Dios y el pueblo. Así como Abraham (Gn 18.23-32) y Moisés (Ex 32.11-13; Dt 9.25-29) fueron voceros de Dios para el pueblo, lo mismo lo fueron del pueblo hacia Dios. Por eso, la mayoría de estos líderes fueron profetas o se les consideró como tales (véase la oración de intercesión de Amos 7.1-6). El caso de Jeremías es muy particular, porque reconciendo YHVH la solidaridad de Jeremías con el pueblo, Dios mismo le pide a Jeremías que no interceda por él (Jr 7.16; 11.14; 14.11-12). El mismo Miller (267) señala en su estudio que desde el punto de vista formal, las oraciones de intercesión siguen la misma estructura de las oraciones de petición.

El ser humano deja de vivir en la atmósfera de la voluntad de Dios para responder al dictado de su propia palabra, o peor aún, de la voz de un animal. Desde esta perspectiva, el pecado del ser humano no es realmente el querer ser igual a Dios; no, en realidad el pecado más grande que hoy sigue minando la vida humana es el de la apatía: permitir que otra que no sea la voz de Dios nos diga lo que tenemos que hacer. 

Esto, por supuesto, tiene enormes implicaciones para la oración. Porque hace una gran diferencia el marco desde donde oramos. Mucha gente ora, y tristemente descubre que su oración se pierde en el «vacío» o no logra los efectos positivos esperados. El apóstol Santiago lo dice claramente: No consiguen lo que quieren porque no se lo piden a Dios; y si se lo piden, no lo reciben porque lo piden mal, pues lo quieren para gastarlo en sus placeres (4.2-3, DHH). 

Una oración así, o como la del fariseo en la parábola de Lucas 18.9-14, se hace fuera del orden divino; se hace en el desorden animal-humano. Tristemente, muchas oraciones responden a la voz de «un animal» o de nosotros mismos, pero no a la de Dios. 

Para que una oración sea genuina tiene que darse dentro del orden establecido por Dios. Él mismo da las palabras, y la oración se da dentro de la esfera de su voluntad. 

Por eso, como decíamos al principio de este ensayo, Jesucristo, que es la suprema Palabra de Dios, debe ser nuestro modelo para elevar al Padre una perfecta oración. 

 Jesús y la oración 

 Los judíos eran muy piadosos. Los momentos de oración y recitación de las Escrituras se daban tanto en los hogares como en las sinagogas. ¡Se han contado hasta cien bendiciones al día, incluyendo el shemá y las «dieciocho bendiciones»! 

 Además de la bendición antes de los alimentos y de la oración de gracias después de ellos, los judíos oraban cuatro veces al día y recitaban el shemá dos veces al día. Todo esto se hacía en hebreo. 

 Los hombres, a partir de los doce años, estaban obligados a cumplir cada una de estas prácticas, mientras que las mujeres, los niños y los esclavos solo lo estaban en las oraciones. 

 En la época del Nuevo Testamento, el shemá y las oraciones de la mañana y de la noche se hacían al mismo tiempo. En estos casos se recitaba el shemá (Dt 6.49; 11.3-21 y Nm 15.3641) y seguidamente se decían las dieciocho bendiciones«Bendito seas Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob. Dios Altísimo, Dueño de cielos y tierra, Escudo de nuestros padres y protector de todos nosotros»1 y finalmente, la oración correspondiente. 

 Casi cada momento de la vida diaria del judío era ocasión para una bendición. La idea era: «está prohibido disfrutar cualquier cosa en el mundo, sin una palabra de bendición» (Safrai, 1976: 803). 

 En la vida de Jesús no hubo un día sin oraciones ni bendiciones. Sin embargo, él rompió en parte con la tradición. Jesús siguió recitando el shemá, las «bendiciones» y las oraciones reglamentarias, en hebreo. Pero en sus oraciones privadas con su Padre, Jesús habló con Dios en su idioma maternal; el idioma que había crecido con él desde que estuvo en los brazos de María: el arameo. Por eso el Padrenuestro, en su versión original, fue registrado en arameo y no en hebreo. Tanto el Padrenuestro como aquellas oraciones que él habló con su Padre tuvieron el sello especial de la intimidad y la expresión natural de su idioma nativo. Pero Jesús no solo usó su idioma materno para hablar con su Padre, sino que además se acercó a Dios con el íntimo y familiar abba (primera palabra que salía de los labios del infante cuando aprendía apenas a hablar): «papá», «papi». 

 Jesús no se guardó esta experiencia de oración para lo privado. Él enseñó a sus discípulos esta nueva dimensión en la vida de oración. De ese modo, Jesús removió la oración de la esfera de lo litúrgico y del lenguaje sagrado, para colocarla en el corazón de la vida cotidiana. 

 Los discípulos de Jesús sabían orar cuando se le acercaron a pedirle, Señor, enséñanos a orar (Lc 11.1). La petición tenía que ver con querer aprender el secreto para entrar en esa nueva dimensión de la vida de oración que Jesús practicaba: acercarse a Dios como Padre, y hablarle en la intimidad que solo le corresponde al diálogo entre un padre y su pequeño. Como respuesta, Jesús les ofrece la «oración modelo»:  

El Padrenuestro

 La primera lección que el Padrenuestro nos da es el hecho de que en la invitación de repetirla en comunidad contribuye a fortalecer un sentimiento de pertenencia mutua, de koinonía. 

 En el Padrenuestro encontramos un buen balance entre lo que parece estar restringido únicamente a lo humano (pan, perdón, tentación, mal) y lo que solo forma parte del «rincón» de Dios (su nombre, su reinado, su voluntad). De acuerdo con esta oración, Dios y el ser humano son ambos muy importantes. 

 Según esta oración, la causa de Dios no es ajena a la causa del ser humano; y la causa del hombre no es extraña a la de Dios. La razón es clara, entre ambos, Dios y ser humano, se interpone la fuerza maligna del diablo. Bien sabía Jesús que el contenido de la oración modelo colocaba al reino de Dios en choque frontal con el reinado del diablo. Cada uno de sus discípulos, de ayer y de hoy, viven metidos en la tensión del bien y del mal:  

Por un lado se santifica el nombre de Dios; por el otro, se le blasfema. 

 Por un lado se pide perdón y reconciliación; por el otro, se vive en pleitos y divisiones. 

 Por un lado se pide el pan necesario; por el otro, se sabe de muchos que no tienen y, más aún, se les quita. 

 Por un lado pedimos libertad del poder del diablo; por el otro, vivimos coqueteando con él. 

 El Padrenuestro se coloca en el orden de Dios, tal como lo vimos en Génesis. Todo se ve desde la perspectiva de Dios. Pues solo a partir de los ojos de Dios es que podemos en verdad vernos a nosotros mismos y a los otros. 

 ¿Cuántas peticiones tiene esta oración? 

 1.-santificado sea tu nombre 

2.-venga tu reino 

3.-que se haga tu voluntad 

4.-danos hoy nuestro pan de cada día 

5.-perdona nuestras faltas 

6.-no nos metas en tentación 

7.-líbranos del poder del mal. 

 

*****Busque la tercera parte de este artículo aquí: «Oraciones — Parte 3» 

 

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