Hay palabras de Dios que, al leerlas, nos sorprenden por la ternura que contienen. Jeremías 13.11 es una de ellas. Dios compara su relación con Israel con algo tan sencillo y cotidiano como un cinturón que se ajusta a la cintura: «Yo quería que toda la casa de Israel y toda la casa de Judá se juntaran conmigo, así como el cinturón se junta a la cintura. Quería que fueran un pueblo que me diera renombre, y que me alabara y honrara. ¡Pero no me hicieron caso!».
La imagen es extraordinariamente cercana. Un cinturón no está diseñado para estar lejos de quien lo usa. Tiene que permanecer pegado a la cintura. Debe acompañar cada movimiento, estar allí donde está su dueño y formar parte de su vestimenta. Dios utiliza esa imagen para describir lo que quería de Israel: un pueblo cercano a él, unido a él, que llevara su nombre y mostrara quién es él.
También nosotros hemos sido llamados a vivir de tal manera que quienes nos rodean puedan reconocer, a través de nuestra vida, algo de nuestro Dios.

Dios no escogió a Israel únicamente para darle privilegios. Lo escogió para que su nombre fuera conocido entre las naciones. Desde el comienzo había dicho: «Ustedes han visto lo que he hecho con los egipcios, y cómo los he tomado a ustedes y los he traído hasta mí sobre alas de águila. Si ahora ustedes prestan oído a mi voz, y cumplen mi pacto, serán mi tesoro especial por encima de todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece» (Éx 19.4-5). Y un versículo después aparece el propósito: «Ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y un pueblo santo» (Éx 19.6). Israel debía vivir delante de las naciones como un pueblo que pertenecía a Dios. Su manera de vivir debía decir algo acerca del Dios al que adoraban.
Eso explica también las palabras de Jeremías. Dios no dice simplemente: «Quería que fueran un pueblo obediente». Dice algo más profundo: «Quería que fueran un pueblo que me diera renombre, y que me alabara y honrara». La vida de Israel debía hacer grande el nombre de Dios ante los demás.
Pero el problema fue que Israel quiso llevar el nombre de Dios sin vivir como pueblo de Dios. Quiso conservar la identidad religiosa, pero perdió la cercanía con aquel a quien esa identidad debía señalar. El cinturón dejó de estar unido a la cintura.
Y esa es una advertencia que necesitamos escuchar con humildad. Porque llevar el nombre de Dios es un privilegio, pero también una responsabilidad. Cuando decimos que pertenecemos a Cristo, nuestra vida se convierte inevitablemente en una especie de carta que otros leen. Pablo escribió a los corintios: «Nuestras cartas son ustedes mismos, y fueron escritas en nuestro corazón, y son conocidas y leídas por todos» (2 Cor 3.2). Las personas quizá nunca abran una Biblia, pero observarán nuestra manera de hablar, nuestra forma de tratar a los demás, nuestras reacciones cuando somos heridos, nuestra conducta cuando nadie nos está mirando y, especialmente, nuestra manera de atravesar las dificultades. Y todo eso hablará de nuestro Dios.

Por eso resulta tan importante comprender que ser un representante digno de Dios significa vivir de tal manera que nuestra vida apunte hacia él. El cristiano no representa dignamente a Dios porque nunca cae, sino porque cuando cae vuelve a él. No porque nunca tenga temor, sino porque aprende a confiar en medio del temor. No porque nunca sea herido, sino porque procura responder al mal con la gracia que ha recibido.
Pensemos en José. Sus hermanos lo vendieron como esclavo y, sin embargo, años después, cuando tuvo poder para vengarse, pudo decirles: «Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios cambió todo para bien, para hacer lo que hoy vemos, que es darle vida a mucha gente» (Gn 50.20). José no estaba simplemente mostrando un carácter admirable. Estaba mostrando, a través de su vida, la grandeza de un Dios soberano que puede obrar aun en medio de la injusticia.
El profeta Daniel vivió en Babilonia, lejos de Jerusalén, rodeado de una cultura que no compartía su fe. Sin embargo, cuando sus enemigos intentaron encontrar alguna falta en él, «no podían hallar ocasión alguna o falta, porque él era fiel» (Dn 6.4). Qué testimonio tan poderoso. Daniel no necesitaba un púlpito para hablar de Dios. Su fidelidad cotidiana ya estaba predicando.
Y quizás uno de los ejemplos más conmovedores sea el de David frente a Saúl. David tenía la oportunidad de matar al rey que lo perseguía injustamente. Sus propios hombres lo animaban a hacerlo. Humanamente, parecía que tenía razones suficientes. Sin embargo, David se negó porque entendía que su conducta no solamente hablaba de él; hablaba de Dios. «Que el Señor me libre de hacerle daño a mi señor. ¡Él es el ungido del Señor!» (1 S 24.6).
Eso es representar dignamente a Dios: recordar que nuestras decisiones tienen un significado mayor que nosotros mismos.
Hay momentos en los que nuestra mayor preocupación no debería ser «¿qué puedo hacer?» sino «¿qué dirá esto acerca de mi Dios?».
Cuando alguien nos trata injustamente, ¿qué dirá nuestra respuesta acerca de Dios? Cuando recibimos una decepción, ¿qué dirá nuestra actitud acerca de nuestra confianza en él? Cuando nadie puede descubrir nuestra conducta, ¿seguimos viviendo como quienes saben que Dios sí nos ve?

El Señor le dijo a Israel que quería que fuera un pueblo que le diera «renombre». Esa expresión debería estremecernos. Dios quiere que su nombre sea exaltado a través de quienes llevan su nombre.
Jesús lo expresó de manera preciosa en el Sermón del Monte: «Que la luz de ustedes alumbre delante de todos, para que todos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre, que está en los cielos» (Mt 5.16). Observemos el propósito. No dice simplemente que los hombres vean nuestras buenas obras. Dice que las vean «y glorifiquen a su Padre». Ahí está el corazón de la vida cristiana. No vivimos para que los demás piensen bien de nosotros, sino para que, al contemplarnos, tengan motivos para pensar bien de Dios.
Y eso cambia incluso la manera en que entendemos nuestras virtudes. Si somos pacientes, no es para construir una reputación. Si perdonamos, no es para demostrar superioridad moral. Todo debe conducir hacia el mismo lugar: «Miren lo que Dios puede hacer en una vida que le pertenece».
Pedro utilizó prácticamente el mismo lenguaje cuando escribió a los creyentes: «Ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios» (1 P 2.9). Y después explicó para qué: «para que anuncien los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable». Fuimos llamados para anunciar sus virtudes. Nuestra vida es una oportunidad permanente para hacerlo.
Tal vez por eso la imagen del cinturón en Jeremías resulta tan apropiada. Un cinturón está cerca de quien lo lleva. En público y en privado. No se separa de su dueño. Así debería ser nuestra relación con Dios. No deberíamos llevar su nombre solamente cuando estamos en la iglesia, cuando cantamos un himno o cuando hablamos de asuntos espirituales. Deberíamos llevarlo a la mesa, al trabajo, a nuestras conversaciones, a nuestras decisiones, a nuestras relaciones y aun a nuestros momentos de frustración. El mundo necesita ver cristianos cuyo carácter haga creíble el mensaje que proclaman.
Qué privilegio tan grande y qué responsabilidad tan solemne. Que nuestra vida despierte en otros el deseo de conocer al Dios que servimos. Que nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestra fidelidad y aun nuestras pruebas puedan convertirse en una ventana por la que otros alcancen a contemplar su carácter.
Que al mirar nuestra vida los que nos rodean puedan decir: «Hay algo diferente en esa persona. Su manera de vivir me hace pensar en Dios».
Porque eso era lo que Dios quería de Israel. Y eso sigue siendo lo que desea de quienes llevan su nombre: personas tan cercanas a él como un cinturón a la cintura, tan unidas a él que su vida cotidiana termine hablando de aquel a quien pertenecen.
No llevemos solamente el nombre de Dios. Vivamos de tal manera que su nombre sea exaltado por la forma en que lo llevamos.










