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Pedro Valdo: El primer reformador antes de la Reforma protestante

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Pedro Valdo fue quizá el primer hombre en plantear la necesidad de una reforma de la Iglesia de Roma y, además, el iniciador y líder de los valdenses, un movimiento espiritual cristiano de la Edad Media.

Tres siglos antes del nacimiento de Martín Lutero, un reformador muy peculiar apareció repentinamente en la ciudad de Lyon, en el sureste de Francia. Sus protestas contra las doctrinas y prácticas de la Iglesia de Roma fueron un anticipo profético del terremoto espiritual que se avecinaba: la Reforma Protestante.

De Alexander Hoernigk – Trabajo propio, CC BY 3.0,

Se desconocen muchos detalles sobre Pedro Valdo, incluido su nombre. No se sabe si este fue su verdadero nombre, pues no aparece en ningún documento hasta 150 años después de su muerte. Su apellido probablemente fue algo así como «Valdés» o «Vaudés». «Valdo» fue simplemente la adaptación italiana. Tampoco sabemos el año en que nació o en el que murió. Los historiadores no están de acuerdo sobre si falleció entre 1205-1207 o entre 1215-1218. 

Lo que sí sabemos es que en 1170 Valdo era un comerciante muy rico y popular en la ciudad de Lyon. Tenía esposa, dos hijas y muchas propiedades. En aquel tiempo, un trágico suceso cambió su vida. Según se cuenta, presenciar la muerte de un amigo cercano lo impactó de tal manera que lo llevó a preguntarse sobre su propio destino y su estado espiritual, dando como resultado que Valdo comenzara a meditar sobre cómo podría salvarse.

Decidió leer la Biblia. En ese entonces el único texto sagrado a disposición era la Vulgata Latina y él no sabía mucho latín, por lo cual contrató a dos eruditos para que la tradujeran a su idioma, de modo de poder estudiarla por sí mismo. Luego buscó el consejo espiritual de un sacerdote, quien le enseñó la historia del joven rico en los Evangelios y citó a Jesús: «Aún te falta una cosa: vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Lucas 18.22). 

La obra de Jesús

Las palabras de Jesús traspasaron el corazón de Valdo. Al igual que el joven rico, en ese instante se dio cuenta de que había estado sirviendo al dinero, no a Dios, pero a diferencia del joven rico que se alejó de Jesús, él se arrepintió e hizo exactamente lo que Jesús dijo: entregó todo lo que tenía a los pobres. Después de hacer las provisiones adecuadas para su esposa e hijas, Valdo decidió llevar una vida alejada de las riquezas e invirtió todo su dinero en la labor evangelística, haciéndose completamente dependiente de Dios.

Asimismo, decidió que todos debían leer la Biblia, y para ese fin comenzó a distribuir porciones bíblicas en el idioma del pueblo. Para poder distribuir estas porciones de la Biblia, Valdo y sus colaboradores utilizaron tácticas de venta especiales para evitar ser denunciados. Un inquisidor los describe viajando de un pueblo a otro y vendiendo mercaderías para lograr entrar en las casas.

Explica que ofrecían joyas, anillos, telas, velos y otros adornos. Cuando les preguntaban si tenían otras joyas, contestaban: «Sí, tenemos joyas más preciosas que estas. Si prometen no denunciarnos, se las mostraremos», y cuando obtenían esa seguridad, proseguían: «Tenemos una piedra preciosa tan brillante, que su luz permite ver a Dios; y tan radiante que puede encender el amor de Dios en el corazón del que la posee. Estamos hablando en lenguaje figurado, pero lo que decimos es la pura verdad». Luego extraían alguna parte de la Biblia que traían escondida entre su ropa, la leían, explicaban y vendían a quien la quería.

Evangelios traducidos al idioma franco provenzal

Valdo comenzó a predicar con su Biblia en las calles de Lyon, especialmente a las personas pobres. Muchos lo siguieron y, para el año 1175, numerosos hombres y mujeres se habían convertido en sus discípulos. Ellos también renunciaron a sus posesiones y se dedicaron a predicar. La gente comenzó a llamarlos «los pobres de Lyon». Más tarde, a medida que el grupo se convirtió en un movimiento y se extendió por toda Francia y otras partes de Europa, se les conoció como «valdenses».

A medida que Valdo estudiaba más las Escrituras, más se preocupaba por ciertas doctrinas, prácticas y estructuras del gobierno de la Iglesia de Roma, sin mencionar su riqueza, que se contraponía a la visión y experiencia de lo que significaba, para él, ser cristiano. Convencido de sus inquietudes, no se quedó callado sino que se pronunció valientemente. Sin embargo, este tipo de enseñanza incomodaba a la Iglesia, así que Roma prohibió oficialmente la predicación laica, y Valdo y su grupo atrajeron inmediatamente la oposición de los líderes eclesiásticos.

El arzobispo de Lyon se sintió particularmente molesto por este movimiento de reforma autodidacta y sin educación, por lo que movió sus influencias para neutralizarlo. Pero en el año 1179, Valdo apeló directamente al Papa Alejandro III (1105-1181) y recibió de él un voto de pobreza. Sin embargo, solo cinco años después, un nuevo papa, Lucio III (1097-1185), se puso del lado del arzobispo.

En 1183, Valdo y sus seguidores fueron excomulgados por violar la prohibición de la predicación y se les expulsó de la ciudad. Fueron condenados formalmente en un consejo eclesiástico del año 1184 junto con otros presuntos herejes, incluidos los cátaros, contra quien Valdo había predicado anteriormente.

En realidad, Valdo nunca tuvo la intención de separarse de Roma y mantuvo numerosas doctrinas católicas tradicionales. Sin embargo, después de la excomunión y aun más allá de su muerte, hacia el año 1205, las convicciones separatistas de los valdenses aumentaron y se solidificaron.

El legado de Valdo

A pesar de la excomunión y la muerte de Valdo, el grupo siguió creciendo durante bastante tiempo. La severa persecución a los valdenses en el siglo XIII los obligó a desplazarse constantemente y a enseñar en secreto, pero a pesar de ello, el movimiento se extendió al norte de Italia y a regiones de España, Austria, Alemania, Hungría y Polonia.

El hostigamiento de la Iglesia Romana continuó y creció en gravedad, hasta que en el siglo XV las filas valdenses se habían reducido a pequeñas y secretas comunidades en los valles alpinos de Francia e Italia. Cuando la Reforma protestante irrumpió en la escena en el siglo XVI, la mayoría de los valdenses se convirtieron en protestantes. Aceptaron las formas de culto y la eclesiología de Ginebra y se organizaron como iglesia. La iglesia evangélica valdense se adhirió a la teología calvinista y se convirtió en la filial italiana de las iglesias reformadas. Hoy existen congregaciones valdenses principalmente en Italia, Suiza, Uruguay y Argentina.

Algo serio estaba gestándose en la iglesia de Cristo. Hombres como Valdo y Juan Hus, este último 100 años antes de la Reforma protestante, fueron los pilares sobre los que muchos se basaron para reformar una iglesia que percibían desviada.

Pedro Valdo fue un proto-protestante, aunque nunca lo supo. Fue un mercader convertido en profeta que simplemente creyó en la Palabra de Dios con todo su corazón, lo que demostró con toda su vida. Al estudiar la Palabra y predicarla en un tiempo en el que a muy pocos les importaba hacerlo, Valdo agitó las aguas de la renovación y del deseo de regresar a las Escrituras.

Hay muchos hombres y mujeres retratados en la historia que decidieron tomar en serio la lectura y estudio de la Palabra de Dios, y pusieron todo su empeño en obedecerla para la gloria de Dios.

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