Qué dice la Biblia sobre los juegos de azar

Qué dice la Biblia sobre los juegos de azar

La Biblia no habla directamente del tema del juego, y ese silencio provee un suelo fértil para discusiones y desacuerdos. Sin embargo, la Biblia enfatiza la soberanía de Dios (Mt 10.29-30), mientras que el juego se basa en la «suerte»; la Biblia nos insta a trabajar creativamente y para el beneficio de otros (Ef 4.28), mientras que el juego nos lleva a sacar beneficios de la nada; la Biblia condena el materialismo (Mt 6.24-25), mientras que el juego lo promueve.

No solamente en los países más pobres, sino también en los más desarrollados, el juego es un elemento que impacta a la economía nacional y hogareña. En muchos países, el juego, tanto oficial como no oficial, mueve tanto dinero que cada vez se torna más difícil eliminarlo. 

La Biblia es clara en cuanto a que toda la estructura desarrollada alrededor del juego es opuesta a la cosmovisión revelada en la Palabra de Dios. El impulso básico detrás del juego es la codicia —un pecado básico que muchas veces se convierte en el padre de muchos males. La codicia, la avaricia y la ambición desmedidas son tratadas repetidamente en las Escrituras —siempre presentadas como pecados contra Dios, y a menudo acompañadas por gráficas advertencias de destrucción, como resultado de la codicia. El desmedido deseo por riquezas terrenales puede llevar, entre otras cosas, a la frustración y a la muerte espiritual.

Como el apóstol Pablo escribió a Timoteo: «Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero» (1 Ti 6.10). La codicia estuvo presente en la decisión de Judas de traicionar a Cristo, en las mentiras de Ananías y Safira, y fue la raíz moral en el rechazo del joven rico para seguir a Cristo.

En la literatura sapiencial del Antiguo Testamento, la avaricia es presentada como insensatez, y Jesús amplifica esa enseñanza en su parábola del hombre rico (Lc 12.16-21). Al confiar en la prosperidad económica y planear un granero más grande para acopiar su riqueza, el hombre escucha la voz de Dios que le dice: «Necio, esta noche vienen a quitarte la vida».

La Biblia presenta la administración de las posesiones materiales como un tema crucial del discipulado. El cristiano comprende que sus posesiones y su dinero no le pertenecen, sino a Dios. Recibimos lo que tenemos y debemos administrarlo como corresponde, pues se nos pedirá cuentas de todo ello.

Sumado a todo esto está la dependencia en un sistema que descansa en la casualidad o probabilidad. La cosmovisión de un jugador asume un mundo determinado por la casualidad, para el cual la principal virtud es la «suerte». La cosmovisión bíblica afirma la soberanía de Dios sobre todos los eventos, las personas y el tiempo, por lo tanto, no hay lugar para la suerte. El cristiano confía en Dios, y no en la vana esperanza de un «número de la suerte» o en el favorable movimiento de los dados.

Asimismo, el juego es un ataque directo a la ética del trabajo presentada en las Escrituras. Uno de los hilos constantes a través de toda la Biblia es la dignidad del trabajo honorable y la justa recompensa por el trabajo y la producción. El trabajador digno es recompensado, la pereza de las personas improductivas no es recompensada y se constituyó en un escándalo en la iglesia primitiva. El juego quiebra la dignidad del trabajo yendo tras la ganancia financiera sin esfuerzo, en busca de riquezas sin trabajar y la recompensa sin esfuerzo ni dignidad.

Por otro lado, uno de los pecados más significativos de la industria del juego es su tratamiento de los pobres. En lugar de ofrecer una esperanza genuina y una salida a la pobreza, el juego se aprovecha de aquellos que están desesperados. Los profetas del Antiguo Testamento proclaman el devastador juicio de Dios contra aquellos que «devoran» a los pobres; sin embargo, los proponentes del juego atraen a aquellos que están en el fondo de la escalera económica para que arriesguen lo poco que les queda, aunque al final terminan sin nada. No es casual que en las barriadas más pobres abunden las casas de juego.

El juego corrompe la cultura y menoscaba todo lo que toca.

A medida que los valores morales de una nación se corrompen, el juego crece proporcionalmente.

El tema del juego casi no se enseña en las iglesias, pero debido a su creciente popularidad debería ser un tema presente en la enseñanza de toda iglesia.

El juego se basa en la casualidad y la «suerte» y no involucra habilidad alguna. El juego no es como una competición normal donde en busca de un premio la persona se esfuerza, se ejercita y pone todo su empeño en el premio final, que no es otra cosa que una recompensa a sus esfuerzos.

En el juego, con la esperanza de ganar algo de mayor valor, la persona arriesga algo de valor en busca de ese factor «suerte» que está más allá de su control o expectativa racional.

El juego va acompañado con la noción de que cuanto más se arriesgue mayores son las probabilidades de ganar. Sin embargo, las probabilidades de ganar nunca son mayores a las de perder. Todo está estructurado para que la inmensa mayoría de los jugadores pierdan.

Es importante que la Iglesia tome una clara posición sobre el juego y que lo haga públicamente exponiendo las consecuencias del juego y el terrible peligro de que una persona se convierta en adicta al juego.

¿Por qué jugar está mal?

  • «Echar suertes», como leemos en la Biblia, no tiene nada que ver con el juego. Al echar suertes se esperaba conocer la soberana voluntad de Dios en temas difíciles, y nunca implicaba arriesgar algo ni se esperaba ningún premio como recompensa, aparte de conocer la voluntad de Dios.
  • Niega la soberanía de Dios. La incierta promesa de ganar algo es el producto de la imaginación humana, que no descansa en la soberanía de Dios o, directamente, la niega. «El Señor ha puesto su trono en el cielo y su reino domina sobre todo» (Sal 103.19).
  • Se construye sobre una administración irresponsable. La peor administración es desperdiciar los recursos que Dios nos ha dado ante el altar de un dios llamado «buena suerte». Todo lo que tenemos le pertenece a Dios (1 Cr 29.14).
  • Deteriora la ética bíblica. Debemos ganar el pan con el sudor de nuestra frente y no a través del juego. El potencial proceso adictivo del juego pone en peligro nuestros recursos y erosiona el salario que con tanto esfuerzo ganamos.
  • Está impulsado por el pecado de la avaricia. Asume que Dios no nos ha dado lo que deberíamos tener y que con el juego podríamos ganar una fortuna que merecemos para vivir mejor.
  • El juego está construido sobre la explotación de otros. Para que alguien gane en el juego, hay millones de perdedores, la mayoría de ellos pobres o muy pobres que han sido seducidos por falsos oasis de riqueza.

En los medios periodísticos hay un tipo de noticias que nunca o casi nunca se lee con relación al juego: las personas que van a la bancarrota y aquellas que, por haber perdido todo, llegan al extremo de suicidarse. Personas que desperdician todo lo que han ganado en las mesas de juego.

Si bien podríamos mencionar innumerables ejemplos, conozco a las personas involucradas en tres casos: un hombre de 70 años que, luego de alcanzar una posición económica holgada y de perder enormes cantidades de dinero en las mesas de juego, se suicidó, dejando a su familia desolada y una carta donde explicaba todo. También una señora que perdió $ 30.000 y que finalmente se endeudó hasta llegar a la suma de $ 100.000, lo que le demandará años de trabajo duro, tanto para ella como para su esposo, para poder pagar la deuda. Por último, una señora muy rica que poco a poco fue perdiendo todo su dinero hasta quedar en la calle. El único motivo que la mantenía en vida —ya murió hace unos años— era acercarse a sus amistades, pedirles dinero e ir a jugar nuevamente. Estos son casos reales de los que puedo atestiguar. ¡Cuántos habrá que no conozco!

Esconder su vicio

A medida que el vicio se acentúa, comienzan las mentiras para ocultar la verdad. Hay un viejo chiste que dice: «¿Cómo poder saber cuándo miente un jugador? Respuesta: Cuando mueve sus labios». Desafortunadamente, esto es verdad en los adictos al juego.

Los adictos al juego, o ludópatas, usualmente no tienen ni que pensar para mentir… les sale automáticamente. ¿A quiénes les mienten los adictos al juego? A todos. Cónyuge, padres, hijos, otros familiares, amigos, vecinos, etc. Los jugadores también se mienten a sí mismos y a Dios. No es raro escuchar, luego de una visita al salón de juego, que «no perdí ni gané», cuando en realidad habían perdido.

«Yo no tengo un problema con el juego, es mi forma de pasar el tiempo y divertirme. Otros gastan dinero en otras cosas, a mí me gusta hacerlo así».

El juego no es simplemente un problema de «valores». Tampoco es un tema simplemente «moral», al menos no en términos de lo que usualmente identificamos como «problemas morales». El juego es un problema de justicia social.

Jugar es una forma de depredación. Jugar es un insulto a los que menos tienen. El juego beneficia a grandes corporaciones económicas, al tiempo que estas oprimen a las clases más bajas con promesas ilusorias de riqueza.

Investigaciones recientes aseveran que «en América Latina se estima que cada ciudadano gasta unos u$s 250.- anuales en apuestas realizadas a través de los juegos de azar».

Mientras algunos expertos aseguran que los juegos de azar crecen con las crisis económicas recurrentes de la región, los datos más recientes dan cuenta de que, a la par de la recuperación económica regional, la pasión por el juego se multiplica.

Debajo de la apariencia glamorosa del juego se esconde una adicción creciente y una espiritualidad decreciente. 

Si bien no hay un mandamiento que directamente lo prohíba, el juego violenta varios principios bíblicos.

  1. La soberanía de Dios

Proverbios 3.5-6 «Confía de todo corazón en el Señor y no en tu propia inteligencia. Ten presente al Señor en todo lo que hagas, y él te llevará por el camino recto».

La inherente dependencia en la «suerte» o en las «probabilidades» del juego conlleva una cosmovisión que está en contradicción directa con la bíblica. Si realmente tenemos fe en Dios, no podemos poner nuestra confianza en la «suerte». Confiar en las probabilidades del juego nos coloca en oposición al propósito de Dios para nuestra vida y, consecuentemente, a su soberanía.

  1. La buena administración

Proverbios 12.11 «El que trabaja su tierra tiene abundancia de pan; el imprudente se ocupa de cosas sin provecho».

El juego no solo perjudica nuestra administración económica, sino que también lastima la administración de nuestro tiempo. Muchos están a la caza de fantasías, fascinados con la idea de conseguir «algo de la nada», y ceden al atractivo de la riqueza instantánea. Pero Dios da a su pueblo talentos, tiempo y dones con expectativas de rendir cuentas (Mateo 25.14-30).

El trabajo es tanto un mandamiento como un don de Dios. La Biblia nos enseña que debemos utilizar el dinero bien ganado para sostener a nuestra familia, la obra de Dios, y los necesitados. El juego minará los fundamentos de la administración cristiana en todos sus niveles: tiempo, dinero, trabajo y talentos, especialmente cuando se convierte en una adicción.

  1. El pecado de la avaricia

A menudo escuchamos decir: «Si ganara la lotería se solucionarán todos mis problemas». Por supuesto, que no queda ahí, sino que también podrían comprar todas esas cosas que siempre han deseado, pero nunca pudieron hacerlo. Un vehículo lujoso, varias casas, un bote, etc. En el pecado de la avaricia, sólo es cuestión de empezar.

El juego alimenta la avaricia, el muy natural y egoísta deseo de obtener algo de nada. Muchas veces disfrazado de diversión sin consecuencias, el juego arrebata los pocos pesos con que contamos y, a veces, mucho más. Incluso pone en peligro el sostén económico de la familia. Pablo escribe en 1 Timoteo 6.6-10 (Dios habla hoy): 

«Y claro está que la religión es una fuente de gran riqueza, pero solo para el que se contenta con lo que tiene. Porque nada trajimos a este mundo, y nada podremos llevarnos; si tenemos qué comer y con qué vestirnos, ya nos podemos dar por satisfechos. En cambio, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación.

Porque el amor al dinero es raíz de toda clase de males; y hay quienes, por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos». 

¡El dinero es un siervo maravilloso, pero es un amo terrible! 

No hay mejor manera de invertir nuestro dinero —y aun nuestra vida— que depositar todo en las manos de Dios, y confiar enteramente en su soberana voluntad. 

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