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¿Qué es eso llamado…«Parábola»? — Parte 1

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Apuntes preliminares

El desarrollo de la tecnología del que nos ha tocado ser testigos y beneficiarios ha ofrecido inventos que no dejan de sorprendernos. La microtecnología ha permitido que, utilizando cada vez más un menor espacio físico, ciertos aparatos puedan realizar operaciones que nos dejan boquiabiertos. La pregunta que siempre ronda nuestra mente es esta: ¿Cuál es el límite de ese desarrollo hacia lo infinitamente pequeño? Las previsiones para el futuro, a relativamente corto plazo, parecen descripciones de ciencia ficción o fantaciencia.

Por Plutarco Bonilla A.

En lo que concierne a la lengua, hay algo que ya es tan común que no nos toma desprevenidos. Primero, aparecieron los diccionarios electrónicos, cada vez más complejos y capaces de realizar más operaciones. Y después…, los traductores, también electrónicos, que incluso caben en una mano. Y aquí, otra pregunta surge casi de modo instantáneo: ¿Será posible la «creación» de una máquina traductora que sea totalmente confiable? (Y resaltamos, ex professo, la palabra «totalmente»)

Junto a la pregunta provocada por la sorpresa se plantea una primera y tímida respuesta: Creemos que no, porque ningún traductor electrónico, no importa cuán sofisticado pudiera llegar a ser, sería capaz de responder nos parece a ese acto maravilloso de la mente humana que es la creación del lenguaje metafórico, capaz de unir términos contradictorios en una comunicación significativa. Se trata de algo que planteó uno de los personajes de la novela Adán Buenosayres, del argentino Leopoldo Marechal. En diálogo con sus compañeros, dice allí el propio protagonista, Adán Buenosayres, lo siguiente: 1

—… el disparate químicamente puro no existe ni es posible.
[…]
—….Cuando digo, verbigracia: El chaleco laxante de la melancolía lanzó una carcajada verdemar frente al ombligo lujosamente decorado, hay en mi frase, a pesar de todo, una lógica invencible.

Y luego explica:

¿No puedo, acaso, por metáfora, darle forma de chaleco a la melancolía, ya que tantos otros le han atribuido la forma de un velo, de un tul o de un manto cualquiera? Y ejerciendo en el alma cierta función purgativa, ¿qué tiene de raro si yo le doy a la melancolía el calificativo de laxante? Además, y haciendo uso de la prosopopeya, bien puedo asignarle un gesto humano, como la carcajada, entendiendo que la hilaridad de la melancolía no es otra cosa que su muerte, o su canto de cisne. Y en lo que Y en lo que se refiere a los ombligos lujosamente decorados, cabe una interpretación literal bastante realista.

Concluye el personaje con estas palabras:

—Nómbreme, por ejemplo, dos cosas que nada tengan que ver entre sí. Y asócielas mediante un vínculo que sabemos imposible en la realidad. De primera intención, en esos dos nombres la inteligencia ve dos formas reales, bien conocidas por ella. Luego viene su asombro al verlas asociadas por un vínculo que no tienen en el mundo real. Pero la inteligencia no es un mero cambalache de formas aprehendidas, sino un laboratorio que las trabaja, las relaciona entre sí, las libra en cierto modo de la limitación en que viven y les restituye una sombra, siquiera, de la unidad que tienen en el Intelecto Divino. Por eso la inteligencia, después de admitir que la relación establecida entre dos cosas es absurda en sentido literal, no tarda en hallarle alguna razón o correspondencia en el sentido alegórico, simbólico, moral, anagógico…

Esa es una de las maravillas de la mente y de la palabra humanas. Los ojos pueden convertirse de repente en durísimas piedras o en soles que iluminan y queman, y en vez de producir ello un brusco rechazo, abre las puertas a la belleza de expresión producto de una mente creadora. Y lo que sería absurdo interpretado literalmente, se convierte en poesía.

¿Qué es eso llamado...«Parábola»? — Parte 1

 

«Parábola» y «palabra»

La similitud fonética y ortográfica de ambos términos no es resultado de la casualidad. Los dos están emparentados por consanguinidad: proceden exactamente del mismo vocablo.

  1. «Parábola» se decía en griego parabolhv y esta era palabra compuesta de una preposición (parav=junto a, al lado de) y un sustantivo derivado de un verbo (bavllw=lanzar, tirar, poner). Parabolé pasó al latín como parábola,2  y de ahí al castellano como «parábola».

Pero esa es la derivación culta de la palabra. Hubo también otra derivación que siguió un proceso de transformación idéntico al de muchas otras palabras que pasaron del latín al castellano. Primero se pierde la vocal «o», que es átona (parabolaʼ*parabla) y luego se produce un intercambio de consonantes, en un fenómeno que se conoce con el nombre técnico de metátesis doble: la «r» y la «l» toman, cada una, el lugar de la otra («palabra»).

Ofrecemos esta explicación para acentuar un hecho que es fundamental: la parábola está indisolublemente vinculada a la palabra, pues aquella es una forma particular de usar esta última.

Digamos, pues, que las parábolas son asunto de palabras.
De ello, en su esencia, trata el texto que sigue.

Parábolas Parte I

Parábola y géneros literarios

El tema de los «géneros literarios» es bastante complejo. Para comenzar, no hay acuerdo unánime sobre la definición de dicha expresión. La división mayor distribuye la comunicación (escrita u oral) en dos grandes núcleos: prosa (llamada a veces «prosa llana») y poesía. Tal división no deja de ser problemática, pues así como hay prosa poética también hay poesía que parece prosa escrita en renglones de manera diferente de lo habitual. Luego, dentro de cada uno de esos dos grandes géneros, nos encontramos con una serie bastante grande de subgéneros que cruzan las fronteras de aquellos dos. El relato épico, por ejemplo, puede escribirse tanto en prosa como en verso. Lo mismo sucede con casi todos los demás géneros.

En la Biblia nos encontramos con una gran variedad de esos subgéneros. Puesto que en la segunda sección de este volumen se estudian diversos aspectos de este tema, los lectores interesados pueden consultarla. Baste decir aquí que en la Biblia, tomada en conjunto, pueden leerse escritos que podrían identificarse de la siguiente manera: Narraciones (etiológicas o de los orígenes; de nacimiento e infancia; de pasión y muerte; de resurrección; de vocación o llamamiento; religiosas; de milagros; ficticias; folclóricas); literatura jurídica; genealogías; escritos sapienciales; discursos; confesiones de fe; literatura epistolar (con textos exhortativos o parenéticos y cultuales o litúrgicos; catálogos de virtudes, vicios y deberes); literatura apocalíptica; literatura profética; poesía (idílica; erótica; narrativa; épica o heroica).4

Digamos también que estas formas literarias no suelen ser puras, sino que en un mismo escrito se combinan diversos de estos aspectos.

Lenguaje figurado

El uso de las palabras con significados que no les son propios ni naturales es casi connatural con el desarrollo del lenguaje y, especialmente, de la poesía. En la vida cotidiana nos enfrentamos continuamente con este hecho, ya sea en nosotros mismos o en aquellos con quienes nos comunicamos.

Para comenzar, digamos que los dichos y refranes, tan comunes y apreciados en nuestra lengua, están llenos de muy diversos usos del lenguaje traslaticio.5 La capacidad creadora del pueblo, que es el autor último de los refranes, se vuelca en imágenes vívidas y llenas de color que captan de inmediato la atención del oyente y hacen más impactante la comunicación.

Pero aun el lenguaje llano de la conversación diaria refleja esa misma fuerza creativa del lenguaje. La hipérbole, por caso, es de uso muy frecuente y los ejemplos abundan: «Te lo he dicho un millón de veces», «Estoy muerto de hambre», «Es más flaco que un palitroque». A veces se combina con otra figura: «Es más largo que la esperanza de un pobre».

En estos usos está presente un elemento fundamental, que ya se menciona en la cita que antes hicimos del Adán Buenosayres: la posibilidad de crear vínculos entre objetos o conceptos totalmente disímiles y establecer comparaciones entre ellos. Esa capacidad de comparación, en ese nivel, es lo que le da un vuelco al lenguaje y, concomitantemente, produce belleza e intensidad en la comunicación. La prosa directa y simple en la que cada palabra tiene su significado literal preciso carece de la fuerza expresiva de la prosa que echa mano de comparaciones de diversos tipos y, utilizando diferentes recursos, les hace decir a las palabras cosas que literalmente no dicen.

Hemos usado a propósito, en el párrafo precedente, la palabra «comparación», porque en ella descansa el peso de los tropos. Un tropo es, como ya lo definió Quintiliano: «un modo de hablar trasladado de la natural y primera significación a otra para adorno de la oración, o, como los más de los gramáticos lo definen, es una dicción trasladada de aquel lugar en que es propia a aquel en que no es propia… Por lo que en los tropos se ponen unas palabras por otras».6 O, como dice la Real Academia (RAE): el «empleo de las palabras en sentido distinto del que propiamente les corresponde, pero que tiene con este alguna conexión, correspondencia o semejanza. El tropo comprende la sinécdoque, la metonimia y la metáfora en todas sus variedades».7 En el «modo de hablar trasladado», «en la dicción trasladada» (Quintiliano) o en «el sentido distinto…» (RAE) se expresa la comparación.

En el símil, el nexo comparativo está expresado de manera explícita. En la metáfora, implícitamente. La eliminación de ese elemento de enlace hace que la comunicación adquiera mayor fuerza expresiva.
En estos tres versos de «Voces de Otoño», del poeta costarricense Roberto Brenes Mesén, encontramos varias metáforas encadenadas:

Del cabello dorado de la tarde
gotean los minutos que se filtran
en mi memoria y doran mis recuerdos.

El primer verso indica que los reflejos del sol propios del atardecer, cuando los celajes iluminan el cielo esplendorosamente, son como el cabello dorado que –segundo verso– está mojado y goteando; pero el líquido que empapa el cabello y gotea no es ningún líquido, sino algo con lo que se lo compara y a lo que se le atribuye esa cualidad del líquido: el tiempo, los minutos, que, a su vez, y en virtud de eso mismo, se filtran y –tercer verso– tienen la capacidad de dar vivacidad (como si dieran colorido: «doran») a los recuerdos escondidos en la memoria.

La comparación adquiere, a veces, la forma de una cierta «equiparación», y entonces la causa resulta igual al efecto, el signo se toma por la cosa significada, el autor por su obra, al igual que el instrumento se pone en lugar de aquello que con él se hace, o el continente y el contenido se identifican; y viceversa, en todos los casos. Tenemos así la metonimia.8 En otras situaciones, la parte significa el todo o a la inversa, el género representa a la especie, la materia se toma por el objeto que de ella está formado, lo físico por lo moral, etc. En estos casos, se ha echado mano de la sinécdoque.9

¿Qué es una parábola? Observaciones previas

Podríamos intentar, a priori, una definición de lo que es la parábola. Es más, podríamos incluso adoptar alguna de las muchas definiciones que nos ofrecen los abundantes libros que se han escrito sobre este tema. No obstante, y para nuestro estudio, preferimos seguir otra ruta. Es más larga, pero su meta es más completa y precisa. Nos referimos a la ruta de la descripción. En vez de definir, intentaremos describir.

Antes, sin embargo, valgan las siguientes observaciones, que deben servirnos como telón de fondo mientras enfrentamos la tarea de ir descubriendo cuáles son los elementos indispensables y fundamentales que caracterizaron a las parábolas que encontramos en las Escrituras:

Primero: aunque nos referiremos principalmente a las parábolas de los evangelios del Nuevo Testamento (NT), hay que tomar en cuenta algunos hechos importantes: (1) Jesús no inventó el género parabólico, aunque probablemente fue el más extraordinario parabolista que ha habido; (2) hay parábolas en el Antiguo Testamento (AT);10 y (3) los rabinos judíos también utilizaron el recurso de la parábola en sus enseñanzas.11

Segundo: En el mundo antiguo, el concepto de parábola (o mashal, en hebreo) no era tan restringido como lo es en la actualidad. Esa es la razón principal por la que, cuando consultamos a varios autores para averiguar el número de parábolas atribuidas a Jesús en los evangelios, nos dan cifras diferentes.12 Dice el cardenal Carlos María Martini:

¿Cuántas son las parábolas? Los exégetas hacen cómputos distintos: depende de si se consideran parábolas algunas narraciones muy breves. El número en que se está de acuerdo es 42. […], incluye también aquellas bastante breves, dejando de lado las simples similitudes, proverbios, comparaciones…13

Tercero: En el Antiguo Testamento, «en hebreo, el dicho sapiencial se designa con la palabra mashal. Este vocablo está emparentado con una raíz que, entre otros significados, también incluye la idea de “dominio”. Es decir, que no cualquier sentencia es un mashal, sino solamente la sentencia eficaz, la que tiene fuerza persuasiva y sirve de guía y de estímulo para la acción. Tales dichos sapienciales pueden presentar diversas formas: el refrán o proverbio, propiamente dicho, la sentencia exhortatoria que aconseja una actuación recta o un comportamiento prudente, y el dicho sentencioso que valora o contrapone diversas actitudes y formas de conducta (como, p.ej., la dedicación al trabajo y la pereza, la palabra oportuna y la indiscreción en el hablar). Además, la palabra mashal designa a veces expresiones más alejadas del refrán propiamente dicho, tales como la parábola, la fábula o incluso el acertijo y la adivinanza (cf. 1 R 10.1-3)».14

Cuarto: En lo que concierne al Nuevo Testamento, la palabra griega parabolé traduce diversos conceptos.15 En las referencias que siguen se cita, en primer lugar, según la traducción VPEE, y luego, entre corchetes se transcribe la traducción que se ofrece en La Biblia (de la Casa de la Biblia, en Madrid):16

Mc 4.2 parábola [parábolas]
Lc 5.36 comparación [ejemplo]
Mc 3.23 ejemplo [comparaciones]
Lc 4.23 refrán [proverbio]
Mc 7.17 enseñanza [comparación]
Lc 14.7 consejo [recomendación]
Heb 9.9 símbolo [imagen]
Heb 11.19 símbolo [símbolo]

Con estas ideas generales como contexto, nos preguntamos: ¿Cuáles son los elementos que están siempre presentes en las parábolas, sin los cuales estas no existirían? ¿Qué las caracteriza intrínsecamente?

Características de la parábola

La parábola es, esencialmente, una narración

Es una especie de historieta, de historia corta o cuento breve, de características muy particulares. Sin relato, sin narración, no hay parábola.

Esto no quiere decir que la parábola sea un relato más o menos extenso y de cierta complejidad. Como se verá luego, puede ser todo lo contrario, y por lo general lo es. Pero si no existe una cierta trama, con personajes que actúan, por muy simple y elemental que sea, tampoco existe parábola.

No es accidental que el Señor Jesús haya escogido esta forma de enseñanza para dar a conocer las realidades del reino de Dios y para formar a sus discípulos. La naturaleza narrativa de la parábola está en perfecta consonancia con lo que Jesús quiso «hacer y decir». Aunque es este un recurso metodológico, en este hecho no se agota el sentido de su uso. Nos explicamos.

Dice el evangelista Juan en su prólogo (1.1-18) que «la Palabra se hizo carne», y se hizo carne en la vida de un niño judío palestinense, que creció y se desarrolló en el seno de una familia judía del siglo primero de nuestra era. Que «la Palabra se hizo carne» significa que «la Palabra se hizo vida», porque «en ella estaba la vida y la vida era la luz de los seres humanos». Y hacerse vida es hacerse acción. En este caso, como hombre entre los seres humanos. El evangelio está indisolublemente ligado a este hecho: al hecho de la vida que Jesús vino a revelarnos y a darnos con su propia vida.

Las parábolas tienen la virtud de expresar esta realidad fundamental precisamente en una forma de enseñanza que no se queda en el plano de las verdades abstractas, sino que asume la forma de las relaciones entre seres humanos, de todo tipo: mujeres, hombres, padres e hijos, hermanos, jornaleros y patronos, ricos y pobres, deudores y acreedores, amigos y enemigos, gobernantes y gobernados, fieles y traidores, leales y tramposos, etc. En esa realidad —que es nuestra realidad— se anuncia la buena nueva.

En esa narración intervienen, siempre, seres humanos.

Hay narraciones en las que los personajes no son seres humanos. Las más conocidas son las fábulas. De estas, tenemos dos en el Antiguo Testamento: una (Jue 9.8-15) más desarrollada que la otra (2 R 14.9), que es muy elemental. En ellas intervienen árboles que tienen capacidades y asumen actitudes propias de los seres humanos: hablan, eligen rey, se piden en casamiento. Por eso son fábulas.

Los protagonistas que intervienen en las parábolas, los que razonan, hablan, deciden y actúan son, al contrario y sin excepción, seres humanos. No importa si la narración que constituye la parábola es brevísima o si es muy extensa, siempre tiene que ver con personas. Y aun cuando un objeto ocupe un lugar central en el relato, un ser humano tiene que estar en relación con él. Leamos: «Es como una semilla de mostaza que un hombre siembra en su campo...» (Lc 13.19 y paralelos); o «qué mujer que tiene diez monedas y pierde una de ellas…» (Lc 15.8-9); o «Es como la levadura que una mujer mezcla en tres medidas de harina…» (Lc 13.21).

Esta particularidad se realza aún más, por supuesto, cuando la narración es más extensa y la trama más compleja, pues entonces intervienen varios personajes: «Un hombre tenía dos hijos...» (Mt 21.28-30; Lc 15.11-32); «Sucede con el reino de los cielos como con el dueño de una finca, que salió muy de mañana a contratar trabajadores… (Mt 20.1-16); «Un hombre plantó un viñedo y le puso un cerco […]. Luego alquiló el terreno a unos labradores y se fue de viaje» (Mc 12.1-8).

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Notas y referencias

[1] Leopoldo Marechal, Adán Buenosayres (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, colección Piragua: 19704), p. 300-301

[2] Recuérdese que el latín no utiliza tildes. La palabra latina parabola es la adopción popular («vulgarismo») de la correspondiente palabra griega. En el latín culto tomó la forma de parabole. Véase: Agustín Blánquez Fraile, Diccionario Latino-Español, vol. 2 (Barcelona: Editorial Ramón Sopena, 51967), s.v. parabola y parabole.

[3] Hemos conocido personas que en lugar de decir «periódico» dicen «pediórico», o «estógamo» en vez de «estómago». Son también casos de metátesis doble, y, por supuesto, no se consideran lenguaje culto. El Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española, edición del 2001 –de aquí en adelante, citado como DRAE– (s.v.) mantiene un caso curioso: las palabras «murciélago» y «murciégalo».

[4] Evitamos a propósito el uso de la palabra «género», puesto que (1) no pretendemos hacer una clasificación rigurosa; (2) no todos los aspectos que mencionamos podrían equipararse o ponerse en el mismo plano; y (3) los aspectos que hemos indicado no pretenden agotar la lista de los que podrían enumerarse.

[5] «Traslaticio: Se dice del sentido en que se usa un vocablo para que signifique o denote algo distinto de lo que con él se expresa cuando se emplea en su acepción primitiva o más propia y corriente» (DRAE, s.v.)

[6] IX, 1. Citado por Emilio M. Martínez Amador, Diccionario gramatical (Barcelona: Editorial Ramón Sopena, S.A., 1954), s.v. «Figuras retóricas», p. 606, 1ª columna.

[7] DRAE, s.v. «tropo».

[8] Definida en el DRAE así: «Ret. Tropo que consiste en designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa, el autor por sus obras, el signo por la cosa significada, etc.; p. ej., las canas por la vejez; leer a Virgilio, por leer las obras de Virgilio; el laurel por la gloria, etc.» (s.v.). Véase también Emilio M. Martínez Amador, op. cit., s.v. «metonimia».

[9] De esta manera define el DRAE la sinécdoque: «Tropo que consiste en extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.» (s.v.). Véase también Emilio M. Martínez Amador, op. cit., s.v. «sinécdoque».

[10] Las más conocidas son la de Natán (2 S 12.1-4) y la de la mujer que le cuenta a David, por orden de Joab, una historia (2 S 14.4-7). Otros textos del AT podrían catalogarse como parábolas, gestos parabólicos (en los que un personaje dramatiza el relato), alegorías o ilustraciones. Véanse, por ejemplo, los siguientes pasajes: 1 R 20.35-43; Is 5.1-2; Ec 9.14-15; Ez 17.3-10; 19.2-9; 19.10-14; 24.3-5.

[11] Véase la siguiente obra, que contiene muchísimos ejemplos: Dominique de la Maisonneuve, Parábolas rabínicas. Colección Documentos en torno a la Biblia, Nº 12 (Estella: Verbo Divino, 1985). Véase también R. C. Newman, «Rabbinic Parables», en Craig A. Evans y Stanley E. Porter, editores, Dictionary of New Testament Background (Downers Grove: InterVarsity Press, 2000), pp. 909-911

[12] Por ejemplo: José Mª de Llanos, S. J., Nuestra actualidad en 65 parábolas (Bilbao: Descleé de Brower, 1971), p. 65; Marina Cuervo y Jesús Domínguez, Al calor de las parábolas (Madrid: PPC-Acanto, 1989), p. 40; VPEE, «Índice temático»: 47; Robert C. McQuilkin, «Explícanos…» (San José: Editorial Caribe, 1964), p. 94+1 (agrupadas en cuatro categorías: parábolas [34+1]; parábolas-símiles [38]; dichos parabólicos [12]; dichos parabólicos en el Evangelio de Juan [10]; el +1 representa la alegoría de Juan 10.1-6). Véase también Pablo Termes, «Parábolas del NT, Número y clasificación de las», en: Alejandro Díez Macho y Sebastián Bartina, directores, Enciclopedia de la Biblia (Barcelona: Ediciones Garriga, S.A., 19692), vol. 5, col. 877-878. (En este último artículo hay un pequeño error: en el grupo I falta incluir la parábola de la oveja perdida, que se encuentra en Mt 18.12-13 y Lc 15.4-6; de otra manera, las cifras que se dan no concuerdan).

[13] Card. Carlos María Martini, ¿Por qué Jesús hablaba en Parábolas? (Bogotá: Ediciones Paulinas, 1986).

[14] «Proverbios. Introducción», en VPEE: 784. Mientras no se indique otra cosa, todas las citas textuales están tomadas de esta traducción de la Biblia, y lo que en ellas se escribe en cursivas responde a énfasis que nosotros añadimos. La citaremos como VPEE. Para estudiar el significado amplio del mashal, véanse John W. Sider, Interpretar las parábolas (Madrid: San Pablo, 1997), pp. 205-216 (el original de esta obra, en inglés, es de 1995) y Antonio Cruz, Parábolas de Jesús en el mundo postmoderno (Terrasa: Editorial CLIE, 1998), pp. 35-46 (incluye la sección sobre «¿Qué distingue la parábola de Jesús del mashal judío?»).

[15] Esto se ve ya en la traducción de mashal al griego de la Septuaginta. Véase: Hauk, «parabolhv», en: TDNT-V, donde también se trata el uso de la palabra en el griego no bíblico. Véase, además: G. Haufe, «parabolhv», en DENT-II; y Joachim Jeremias, Las parábolas de Jesús (Estella: Verbo Divino, 1970), pp. 24-25, quien señala dieciséis diferentes significados de la palabra mashal en el judaísmo posbíblico.

[16] La Biblia (Madrid: La Casa de la Biblia, 1992). Como es de esperar, las traducciones varían, lo que acentúa el hecho de que la palabra griega parabolé –como en el caso de la hebrea mashal– abarca una variedad de conceptos. Si se consultan más versiones se corroborará que no hay dos que coincidan en todos los casos

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