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Traducción y teología I — Parte 1

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Observaciones liminares

El bagaje personal

Todo ser humano, quiéralo o no, lleva sobre sí una carga de años —su bagaje personal— que es el resultado del conjunto total de sus experiencias. Y estas son de «todo tipo que haya tenido». Tal carga está constituida por nuestra formación en el hogar, la educación informal o formal que hayamos recibido desde nuestra más temprana infancia (en la casa, en la calle o en cualquier institución educativa), nuestras relaciones personales y sociales (incluyendo las laborales y el trabajo mismo, o la desocupación, si se pasa por esa triste etapa). También son parte de esa carga nuestro sexo, la formación religiosa recibida (incluida la atea), el ocio y el entretenimiento, el gozo y el luto, la enfermedad y la salud (propias o de seres amados), y cuanto más podamos imaginarnos…, pues la imaginación de uno mismo, limitada o fecunda, sana o enfermiza, también está incluida.

Por Plutarco Bonilla A.

Hay, además, un «algo» indefinible, inasible, que forma parte del «núcleo central» de nuestro yo, que nos hace ser cada uno lo que es y que nos distingue, a cada uno y en forma absoluta, de los demás. Y esto es así sin importar cuáles sean nuestras semejanzas con la persona más parecida a nosotros por compartir mucho de lo que hemos enumerado, sin pretensiones de exhaustividad, en el párrafo anterior.

Esa carga no nos la podemos quitar de encima, so pena de cosificarnos y de atentar contra la integridad de nuestra personalidad; afecta, además, de una u otra manera, nuestra vida íntegra, incluyendo la realización de nuestras tareas. Podemos decir, en última instancia, que ello es así porque somos sujetos y no objetos.1

Y el traductor de la Biblia no es una excepción a la regla, pues es, antes que traductor, ser humano.

¿Qué queremos decir con todo esto?

Simple y sencillamente que no existe tal cosa como la traducción completamente «neutra», impoluta e incontaminada por elementos extraños al texto que se está traduciendo. Lo constata el dato elemental de que toda traducción es mejorable. Y lo perfecto no goza de la virtud de la perfectibilidad.

Traducción y teología I — Parte 1

Biblia y teología

En varios círculos evangélicos hemos escuchado expresiones como esta: «La Biblia no es un libro teológico [o de teología].» Intentaremos dilucidar el significado y la veracidad de tal afirmación.

Nuestra pregunta es del tipo de preguntas «con trampa», ya que no puede contestarse llanamente con un «sí» ni con un «no», pues la respuesta está condicionada por la comprensión que se tenga de lo que sea la «teología». Si por esta, por ejemplo, se entiende la llamada teología sistemática o dogmática, o sea, si se reduce la palabra «teología» a un saber especulativo y sistemático acerca de la divinidad, nuestra respuesta a la pregunta acerca de si la Biblia es un libro teológico es un categórico NO.2 Y respondemos así porque no encontramos un sistema teológico en la Sagrada Escritura. Por no entenderlo así, han fracasado, a lo largo de toda la historia del pensamiento cristiano, todos los intentos de identificar la Biblia y su mensaje con una determinada escuela, «verdad» o corriente teológica. No rechazamos el valor del intento. Criticamos los que tienen pretensiones de absolutez.

Pero no es esa la única manera de entender la palabra «teología», ya que solo corresponde al uso especializado, técnico, de la palabra. Esta puede también referirse a cualquier hablar sobre la divinidad. «Teología» es una «palabra» o «discurso» (logos) acerca de dios (theos).3 Tal discurso —o, mejor, tales discursos— no tienen que ser sistemáticos, en el sentido de planteamientos de esquemas («sistemas») que tengan pretensiones de totalidad y de validez universal, en el tiempo y en el espacio.4

En resumen, nuestro punto de partida es que tal cosa como la pretendida philosophia (o theologia) perennis no es más que eso: una pretensión de quienes quieren hacer encajar toda la realidad dentro de un receptáculo que no es, ni más ni menos que fabricación de la mano (o de la mente) del hombre, o sea: manufactura.Lo lamentable es que, aquí, «toda la realidad» pretende incluir no solo lo humano sino también lo divino, y así se busca luego identificar el «sistema» con la palabra divina y definitiva, sin reconocer la relatividad de aquel.

Esta perspectiva —«óptica», como suele decirse hoy con frecuencia—, tiene otras importantes implicaciones para el trabajo de traslación de un texto de una lengua a otra (o de una lengua a una forma evolucionada de ella misma).

Volvamos a la pregunta con la que iniciamos esta reflexión: ¿Es la Biblia un libro de teología?

Si a la primera acepción de la palabra «teología» contestamos con un rotundo no, a la segunda debemos responder con un categórico sí, pues la Biblia habla de Dios, y sus discursos —así, en plural— se refieren a Dios y a su relación con nosotros los seres humanos. Desde el comienzo del libro de Génesis, que nos habla del Dios que se revela («En el principio, Dios…»: 1.1) hasta el final del de Apocalipsis, que nos habla del Dios que se ha encarnado, que ha sido glorificado y cuyo regreso se espera («Amén; sí, ven, Señor Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con todos vosotros. Amén.»: 22.20-21), la Biblia tiene que ver con Dios y es, por tanto, un libro esencialmente teológico. Es más, debería ser el texto básico de todos los libros de teología. Como veremos luego, tomar en cuenta esta afirmación es fundamental para la tarea de traducción del texto bíblico.

Acerca de la traducción

La traducción es una tarea de aproximación. Con ello queremos decir que, por diversas razones —algunas de las cuales superan, muy probablemente, el mero hecho lingüístico—, es imposible reproducir en su totalidad, en una determinada lengua, lo que se ha expresado originalmente en otra. Matices que están más allá de la equivalencia semántica de dos términos sinónimos pertenecientes a diferentes idiomas —equivalencia que nunca es absoluta—, contenidos emotivos resultantes de la situación en el momento del habla o de la escritura, perspectivas que son consecuencias de la cosmovisión propia de quien comunica algo, etc., hacen imposible que un determinado texto —oral o escrito— pueda reproducirse en otra lengua con toda la fuerza y con todos los contenidos (conceptuales, emotivos, imaginativos) que le son propios.

No obstante lo dicho, constatamos a diario que el fenómeno de la traducción es un hecho «indiscutible»: los periódicos y las revistas informativas nos traen a diario noticias de tierras donde se hablan otros idiomas, y señalan, con frecuencia, que la información que proveen ha sido traducida. La traducción de obras literarias —ensayos, novelas, cuentos, teatro—, de libros de ciencia y hasta de chistes, de películas, etc., pone a nuestro alcance lo que se produce en otros países y en otras culturas. El conocimiento de los principios de la etapa histórica de la humanidad es posible porque se han traducido los documentos que aquellos testigos legaron a la posteridad, probablemente sin siquiera ser conscientes de ello.

Estas dos afirmaciones fundamentales, apenas esbozadas en los párrafos precedentes, no son contradictorias entre sí: la primera expresa, simplemente, que la tarea a la que se refiere la segunda tiene limitaciones. Y porque tiene limitaciones, la hemos definido como tarea de aproximación.

Una traducción será tanto «mejor» cuanto más logre aproximarse al contenido del «texto fuente». Este será siempre el límite al cual se vaya acercando aquella.

Traducción y experiencia personal

Todo traductor realiza su tarea «desde» su experiencia.

El traductor no trabaja en el vacío, como si, al momento de hacer su labor se metiera dentro de una campana aséptica que lo liberara de todas las cargas que mencionamos antes. Al contrario, como persona que a lo largo del paso del tiempo ha ido llenando las alforjas de su vida con las mencionadas cargas, con ellas se enfrenta a la tarea: con preconcepciones que forman parte de su propio ser y que constituyen sus convicciones personales. En la conformación de estas convicciones juegan un papel principal las influencias que uno haya recibido: de personas —padres y familia, vecinos, maestros, profesores, amigos, enemigos, héroes—, de instituciones, de las lecturas, etc.

Las preconcepciones (pre-supuestos: supuestos previos) y las convicciones pueden tener signo positivo o negativo, en el sentido de que pueden ejercer su influencia en la persona —y, para nuestros efectos, en el traductor— en una u otra dirección. La frontera entre la «convicción» y el «fanatismo» puede ser muy tenue, y uno puede caer fácilmente en la trampa de pensar que está actuando guiado por la primera cuando en realidad está siendo impulsado por el segundo.

 

Traducción y teología I — Parte 1

Lo anterior se complica con otro factor al que debe prestársele particular atención: Con mucha frecuencia, por estar inmerso en una cultura específica, el traductor no se percata de que su trabajo resulta afectado por determinadas actitudes y valores, o por determinados patrones de conducta que son propios de esa cultura y no tienen valor universal. Cuando eso sucede, suele darse por sentado que todas las comunidades deben comportarse de la misma manera.6 De esto tenemos ejemplo cuando se ha confundido el evangelio con un estilo particular de vida que corresponde a la forma como se comprendió la vida cristiana en una comunidad en particular. En tal situación, la propia traducción de la Biblia queda marcada, porque determinados términos se traducen de determinada manera por la influencia de dicha cosmovisión.7

La teología del traductor y su traducción

Si lo que llevamos dicho es cierto —como creemos que lo es—, la teología no puede ser una excepción a este principio general. Y no puede serlo por la naturaleza misma de la traducción bíblica y en virtud de la segunda acepción en que hemos tomado la palabra teología.

La situación se torna compleja porque el traductor, si no es consciente de ese hecho, tenderá a identificar su teología con la teología del texto bíblico. Este se convertirá, entonces, en la confirmación de la teología propia de aquel (o del grupo religioso al que aquel pertenece).

Se han hecho ya análisis cuidadosos de algunas versiones, incluida una paráfrasis de renombre, en la que se ha demostrado fehacientemente este fenómeno. En el excelente resumen de Paul Ellingworth, se mencionan las críticas de Jaen-Claude Margot a La Biblia al día,8 pues considera, muy justamente, que en esa paráfrasis se han introducido abiertamente las presuposiciones teológicas de su autor, haciéndole decir al texto lo que el texto no dice.

Esa «tentación» —en la que se cae por lo general sin que el traductor se percate de ello— no es privativa de un grupo especial de traductores o de algún grupo religioso. Todos los que están comprometidos en esa tarea pueden caer bajo sus tentáculos, si no se aplican los correctivos apropiados. Hemos sabido de una traducción en la que el equipo traductor decidió escribir la palabra «espíritu» así, con minúscula inicial, cuando aparecía en el AT. Luego, personas ajenas a dicho comité, y por razones extraacadémicas que no tenían que ver con la traducción misma, anularon la decisión y ordenaron que se imprimiera esa palabra con mayúscula.

No se trata, no obstante, de tirar piedras al tejado del vecino cuando el nuestro es de vidrio. Por ello, ponemos un ejemplo de casa: Cuando estaba por terminarse el trabajo completo de la edición de estudio de la Reina-Valera 95 (RVR-95-EE), una persona de la administración, totalmente ajena al equipo de traducción, ejerció tal presión para que se cambiara una nota, que lo logró, a pesar de la oposición de quien escribe estas líneas, por entonces coordinador del proyecto. El texto de la nota a 1 Juan 5.7-8 dice así en esa versión:

En diversos mss. no aparece la segunda parte del v. 7 y la primera del v. 8. Dicen: Porque tres son los que dan testimonio: 8 el Espíritu, el agua y la sangre; y estos tres concuerdan.

Nótese la diferencia con lo que ya había aparecido en la edición del NT y Salmos de esa misma revisión, publicada unos cuatro o cinco años antes:

Tres son los testigos: algunos mss. latinos añaden en el cielo: el Padre, la Palabra y el Espíritu Santo, y estos tres son uno. 8Y tres son los testigos en la tierra. Esta adición no aparece en ninguno de los mss. griegos antiguos; solo cuatro mss. griegos tardíos, pertenecientes a los siglos XIV-XVIII d.C., la incluyen, como traducción del latín.9

En nuestros talleres de ciencias bíblicas (ahora llamados «jornadas bíblicas»), hemos recibido la acusación, hecha de frente, de que la nota que aparece en la RVR-95-EE es falsa y engaña al lector. Así literalmente nos lo han dicho…, y no sin razón, pues es esa una nota producto del temor a la reacción de los lectores si se les dice la verdad. En efecto, no se trata aquí de asunto de opinión, o de interpretación de los manuscritos, sino de hechos comprobados.

Podría alegarse que tal nota no tiene que ver con la teología; pero eso es solo aparentemente cierto. Para quien impulsó el cambio, estaba en juego una determinada comprensión de la doctrina de la inspiración de la Biblia. En el fondo, pues, sí se trataba de una ingerencia teológica en la escritura de una nota y, por implicación, en la interpretación del texto.

El Dr. Daniel C. Arichea publicó en 1982 un artículo titulado «Taking Theology Seriously in the Translation Task»,10 artículo que ha sido publicado también en castellano.11 En él, Arichea pone abundantes ejemplos de cómo las posiciones teológicas del traductor han ejercido tal influencia en su traducción que le han hecho decir al texto escriturístico lo que este no afirma.

En otro esclarecedor artículo, la Lcda. Marga Muñiz destaca este mismo hecho. Al escribir sobre el problema que plantea el carácter sexista del lenguaje,12 ha destacado que el problema no se limita a usar lenguaje inclusivo, sino que trasciende la inclusividad léxica para incursionar en el ámbito mismo de la interpretación de los textos.13

Parte de este proceso de adaptación del texto bíblico a la teología del traductor, por medio de la traducción, consiste en armonizar lo que no está armonizado en la Escritura. Dice a este efecto Arichea:

7. Se armonizan detalles contradictorios, y la aparente contradicción se elimina. […]

En algunos casos se armonizan los textos, no por motivo teológico, sino simplemente por el deseo de producir una traducción que tenga sentido. […]

Para ser justo, hay que señalar que el problema de traducir según el punto de vista teológico del traductor no es monopolio de los llamados traductores «conservadores»; también se ve en las obras de quienes practican la exégesis de la tradición histórico-crítica. Sin embargo, por lo general, la tendencia de hacer ajustes se halla principalmente entre los traductores que estiman grandemente la confiabilidad histórica de la Escritura. La razón es obvia: es necesario que la Biblia demuestre o confirme su propia naturaleza como fiel registro histórico. Por tanto, las contradicciones deben ser solamente aparentes, y pueden corregirse con la ayuda de otros pasajes bíblicos. Tal vez se reconozca que existen verdaderas contradicciones que no pueden justificarse, pero estas se atribuyen a errores de escribas y copistas. Por ello, pueden alterarse en la traducción para que se ajusten a los autógrafos originales, ninguno de los cuales existe hoy día.14

La influencia de la teología del traductor en la traducción adquiere varias formas, tal como se explica claramente en los textos citados. Una de las tendencias más marcadas es la que tiene que ver con la armonización. Y tampoco esta es privativa de las traducciones modernas o contemporáneas, pues tenemos testimonios de ella en versiones antiguas. Tomemos este ejemplo:

2 R 8.26 y 2 Cr 22.2
RVR-95:

Ocozías tenía veintidós años cuando comenzó a reinar y reinó un año en Jerusalén.
* * *
Cuando Ocozías comenzó a reinar tenía cuarenta y dos años de edad, y reinó un año en Jerusalén.

DHH.EE:

Tenía [Ocozías] veintidós años cuando empezó a reinar, y reinó en Jerusalén un año.
* * *
Tenía [Ocozías] veintidós años cuando empezó a reinar, y reinó en Jerusalén un año.

Esta diferencia entre ambas traducciones se explica en unas notas al texto de Crónicas, que dicen así, en una y otra versión:

RVR: Cuarenta y dos: según varios mss. griegos y 2 R 8.26: veintidós.15
DHH-EE: Veintidós: según varios mss. griegos y 2 R 8.26. Heb. cuarenta y dos.16

No hay aquí, obviamente, un problema de traducción, sino de selección de texto o textos fuente. Esta selección no está exenta de implicaciones teológicas por lo que el traductor escoge el texto del que traduce de acuerdo con sus ideas teológicas o sus concepciones respecto de la tarea de traducir. Las variantes en los manuscritos antiguos y las diferencias en las traducciones, también antiguas, son testimonio de lo que hemos afirmado.

*****Busque la continuación de este artículo aquí: «Traducción y teología I — Parte 2»

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Notas y referencias
1Incluso estos últimos, los objetos, experimentan sus propias transformaciones, que les van dando sus formas características, pero con cambios de otra naturaleza.

2El testimonio personal de Paul Ellingworth, acerca de la impresión que recibió al comienzo de su trabajo como consultor de Sociedades Bíblicas Unidas, es iluminador: «De manera semejante, al incorporarme a SBU en los primeros años de la década de los 70, después de un período de haber enseñado algo llamado «teología sistemática» o «dogmática», pronto llegué a sentir que la palabra «teología» era palabra de la que se sospechaba: el término correcto [que debía usarse] era «lingüística» (“Theology and Translation. A survey and a proposal”, en The Bible Translator, Technical Papers [United Bible Societies], vol. 53, No. 3, July 2002, p. 302). [Citamos esta revista como BT.]

3 Escribimos «dios» con minúscula y usamos el término «divinidad» ex professo, pues la teología no es propiedad exclusiva de los cristianos ni del cristianismo, como si este fuera poseedor en monopolio de la revelación del «dios verdadero». Nos percatamos plenamente de que lo que estamos diciendo es un claro ejemplo de la tesis que sustentamos aquí: la importantísima función del elemento subjetivo en el proceso y en el producto final de toda traducción. Si no, ¿por qué no escribir siempre «dios» o «Dios»? ¿En virtud de qué principios usamos una forma u otra, cuando los que escriben desde otra perspectiva teológica también pueden hacerlo en «detrimento» de nuestras propias convicciones? (Nos referimos, por supuesto, al castellano y a las lenguas que, en casos como este, distinguen entre mayúsculas y minúsculas.)

4 Es claro que quienes tienen la pretensión de formular un sistema como el que negamos no hablan –ni pueden hablar– en plural. La philosophia o theologia perennis solo puede ser una y singular. Creemos que puede decirse que los documentos religiosos (y, por tanto, «teológicos», en el segundo sentido) más antiguos carecen de sistematicidad. Sobre ellos se han levantado los grandes monumentos de los diversos sistemas teológicos.

5 Manufactura = factura manus [hominis], literalmente: factura, o sea, hechura de la mano [del hombre].

6 El autor fue educado en una iglesia aislada –por razones históricas, que no es ahora el caso de explicar–, en la que se ponía mucho énfasis en las enseñanzas del NT, cuya interpretación se identificaba con la experiencia eclesial y litúrgica de las comunidades cristianas del libro de los Hechos. No es extraño, por tanto, que hubiera creído, por algunos años, que las iglesias evangélicas reflejaban ese «prístino» patrón «original». Esa perspectiva era el reflejo de la idealización de la iglesia primitiva que es común en ciertos círculos. Las lecturas, el estudio y el contacto directo con otras comunidades de fe lo sacaron del error.

7 A este respecto resultan muy iluminadoras las investigaciones del Dr. Esteban Voth que aparecen en el artículo con el título de: «Traducción y teología II. Análisis contextual de «tsedeq» en la RVR (español) y la KJV (inglés)».

8 Miami: UNILIT, 19853. La crítica se hizo del original inglés.

9 Las notas de la RVR-95-EE fueron adaptación de las notas de DHH-EE, que había sido publicada poco antes. Ambas son ediciones de Sociedades Bíblicas Unidas.

10 Vol. 33, No. 3 (1982), p. 309-315.

11«Tomando en serio la teología en la traducción», BT, vol. 1, Nº 2, abril de 1991; p. 13-23; y «Tomemos en serio la teología en la traducción», La Biblia en las Américas, N1 4 del 2000; vol. 55, N1 248; p. 14-19.

12 Usamos este expresión («carácter sexista del lenguaje») sin connotaciones negativas, para indicar que un idioma como el castellano (1) tiene la particularidad de asignarle género gramatical masculino o femenino a objetos inanimados («silla» es término femenino y «banco», masculino), y (2), como tantos otros idiomas, ha usado el género masculino, referido a personas, como género sin «marcador», para incluir a los dos sexos.

13 «Consideraciones en torno al lenguaje inclusivo», en BT, vol. 8, Nº 1, I semestre de 1998; p. 22-31; véase, en particular, la sección titulada «Presupuestos interpretativos de las traducciones».

14 Op. cit., BT, p. 15-16.

15 El texto de Reina, de 1569, que se ha mantenido en casi todas las revisiones, hasta la citada, no añade ninguna nota aclaratoria, lo que da a entender que así estaba en los textos hebreos de los que traduce. Esto, a pesar de que en la Biblia del oso se hace referencia a otras versiones (explícitamente a la «vieja traducción latina», la que, dice Reina en la «Amonestación», «consultamos como a cualquiera de los otros ejemplares que tuvimos»). La Nueva Reina-Valera 1990 (Miami: Sociedad Bíblica Emanuel, 1990) mantiene la incongruencia de fechas. También la traducción de Eloíno Nácar y Alberto Colunga (Madrid: BAC, 197634) y la de Mons. Juan Straubinger (México, edición de 1975). Esta incluye una nota aclaratoria en II Paralipómenos [2 Cr] 22.2, que dice a la letra: «Cuarenta y dos años: En la traducción siríaca y en algunos códices griegos se lee veintidós, lo que concuerda con IV Rey [2 R] 8.26.» Pero la Nueva Reina-Valera 2000 (Miami: Sociedad Bíblica Emanuel, 2000) armoniza ambos textos, sin añadir ninguna explicación.

16 La Reina-Valera actualizada (El Paso: Editorial Mundo Hispano, 1989), dice «veintidós años», y añade, en nota al pie: «Según vers. antiguas; comp. 2 Rey. 8.26; heb. 42 años» [sic].

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