Una ilustre revisión — Parte 2

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Razones teológicas

Sujeción al texto hebreo: Explica nuestro autor: «También avemos quitado todo lo añidido de los 70 intérpretes, ò de la vulgata, que no se halla en el texto Hebreo».1

Por Plutarco Bonilla A.

Para Valera, el texto inspirado de las Escrituras hebreas es el que corresponde a los libros que él considera canónicos, o sea, los 39 que constituyen lo que hoy denominamos el «Protocanon». Y solo el texto hebreo. Los demás libros —que él calificó de «Apócrifos», apartándose así de Reina—2 como también las adiciones que dentro de esos libros se encuentran, tanto en la LXX como en la Vulgata, son adiciones humanas, y, por ende, hay que descartarlas. Por eso afirma: «Porque nuestro intento no es trasladar lo que los hombres han añidido a la palabra de Dios sino lo que Dios ha revelado en sus sanctas Escripturas».3

La «gran» pregunta que surge ante tal afirmación tiene que ver con el estatus del cual goza una traducción, incluida la revisión que ese mismo autor está haciendo. ¿Es la traducción «palabra de Dios» o no? Y, además, ¿qué hacer cuando los mismos textos en las lenguas originales difieren entre sí, y son esos diferentes textos de igual o similar autoridad? Este problema, al que algunos no le han prestado la debida atención, ya lo había reconocido el propio Reina, específicamente en relación con el NT. Oigamos lo que este afirma al explicar la diligencia que puso cuando se trataba de los varios tipos de adiciones que incluyó en su traducción:

…y ansí mismo en el Nuevo Testamento, que son no de una palabra sola, más de muchas, y hartas veces de sentencias enteras. De éstas será otro juicio que de las precedentes, porque son texto y las pusimos a causa de la diversidad de los textos y de otras versiones, por no defraudar de ellas a nadie, más entre tales vírgulas [ ] para que se conozca, aunque en el libro Job (si algunas hay) y en los Salmos y libros de Salomón las pusimos de otra letra que de la común. […] En el Nuevo Testamento nos pareció ser esta diligencia más necesaria por cuanto en los mismos textos griegos hay también esta diferencia en algunas partes, y todos parece que son de igual autoridad. Algunas veces hallamos que la Vieja versión Latina añade sin ninguna autoridad de texto griego, y ni aun esto quisimos dejar por parecernos que no es fuera de propósito y que fue posible haber tenido también texto griego de no menos autoridad que los que ahora se hallan.4

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Casiodoro de Reina

Quienes actualmente emiten acerbos juicios para rechazar el uso del texto crítico del NT y defienden la versión de Reina-Valera (como portadora, en castellano, del Textus receptus), parecen desconocer esta afirmación del primer Traductor. Dada la variedad, relativamente pequeña, de los materiales disponibles en su época —siglo 16—, él también se vio en la necesidad de tomar decisiones relacionadas con las diferencias que encontraba en los textos en los idiomas originales, de los cuales dice que «todos parece que son de igual autoridad». De sus palabras se colige que la misma diligencia habría puesto si hubiera tenido a su disposición una mayor cantidad de esos textos, como sucede en la actualidad.

Referencias a los libros deuterocanónicos [apócrifos]

Puesto que, para el Revisor, estos libros que él denomina «apócrifos» no son, sensu strictu, palabra de Dios, no puede hacerse referencia a ellos para explicar, en las notas marginales, textos que sí son palabra de Dios. Lo dice claramente:

Avemos también quitado las acotaciones de los libros Apocryphos en los libros Canonicos. Porque no es bien hecho confirmar lo cierto con lo incierto, la palabra de Dios con la de los hombres.5

De nuevo, Valera parece no percatarse de un hecho fundamental: eso que él mismo rechaza lo hicieron los propios escritores originales del texto sagrado. En el AT se recurre, sobre todo en los libros «históricos», a otras fuentes narrativas que son extracanónicas y no han sobrevivido al paso del tiempo. Véanse, por ejemplo, las referencias que se encuentran en los siguientes pasajes: Números 21.14; Josué 10.13; 2 Samuel 1.18. Y, para complicar más el asunto, nos encontramos que en el NT hubo escritores que:

(1) hacen numerosas alusiones a los libros6 deuterocanónicos. El hecho de que no haya citas textuales de estos libros no implica que se descartaban, o que se rechazaba del todo sus contenidos o tradiciones o que no podía aludirse a ellos;(2) echan mano de expresiones o dichos, de escritores cristianos, que no son parte del texto canónico. Tal es el caso de Pablo, cuando, en su discurso de despedida de los ancianos de Éfeso, cita un dicho de Jesús («más bienaventurada cosa es dar que recibir»), que no se encuentra en ninguno de los Evangelios canónicos;(3) utilizan la literatura apócrifa (no nos referimos a los libros deuterocanónicos, sino a los propiamente apócrifos). Eso hace Judas: no solo usa imágenes tomadas del libro apócrifo de Henoc9 sino que, además, cita este libro textualmente;10 y (4) se recurre, incluso, como refuerzo argumentativo, a palabras de escritores no cristianos (paganos, si se quiere llamarlos así): de Arato, poeta del siglo 3 a.C. (Hch 17.28), de Epiménides, del siglo 6 a.C. (Tit 1.12) y, probablemente, de otros.11

Si el propio texto sagrado recurre a literatura ajena a él, y no solo de la misma tradición, ¿qué de malo había en mantener las citas, en las notas, de los deuterocanónicos que había incluido Reina?

 

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Cipriano Valera

Sin embargo, y a pesar de lo dicho, Valera no elimina del todo los libros deuterocanónicos. Deja exactamente los mismos libros que había incluido Reina (entre los que hay algunos, como ya se señaló, que no son deuterocanónicos); pero respecto de ellos hace dos cosas: primero, los llama «Apocryphos»; y segundo, los coloca todos juntos entre los dos Testamentos. Para acentuar la distinción, al terminar el texto de Malaquías añadió estas palabras: «fin de los libros canónicos del testamento Viejo».12

Don Casiodoro había incluido en las notas marginales abundantes referencias a estos libros, sin darles ninguna calificación particular y sin hacer discriminaciones. En otras palabras, se hacía referencia a ellos, especialmente en lo que hemos llamado «sistema de referencias cruzadas», en pie de igualdad con las referencias a los libros protocanónicos. Tales referencias deuterocanónicas son las que el Revisor elimina del todo.

Los nombres propios

El nombre sacrosanto: «Iehovah»

Al igual que «el primer Traductor», Valera estima necesario mantener la grafía «Jehovah» para el nombre por excelencia que el AT le da a Dios, pues «es el proprio nombre de la essencia divina, y incomunicable à las criaturas». Avala las razones aducidas por Reina para justificar esa ortografía. Decía este:

Habemos retenido el nombre (Jehová) no sin gravísimas causas […] y nos pareció que no lo podíamos dejar ni mudar en otro sin infidelidad y sacrilegio singular contra la Ley de Dios.13

Y Valera reafirmaba:

Quanto al sacrosancto nombre Iehovah, que es el propio nombre de la essencia divina, y incomunicable à las criaturas, avemos lo retenido por las doctas y pias razones que el primer Traductor da en Amonestacion…14

Sin embargo, hay un dato curioso: «El primer Traductor», como Valera llama a Reina, había escrito «Iehoua» (recuérdese que la «u» y la «v» solían intercambiarse [«Vvo en los dias de Herodes»: Lucas 1.5], que nuestra «j» inicial en esos nombres propios se transcribía por «i» [Iob, Ioseph, Iesvs], y que las normas de acentuación ortográfica no estaban todavía fijadas). Valera, por su parte, en la «Exhortación» escribe «Iehovah», añadiendo la hache final para mantener las cuatro consonantes («Ihvh») que corresponden al tetragrámaton sagrado. Pero, a pesar de ello, no introduce modificaciones en el texto de Reina, excepto por el cambio de la «u» en «v», y mantiene «Iehova» en vez de escribir «Iehovah». (Véanse, a modo de ejemplo, estos pocos versículos: Génesis 24.31, 50; Éxodo 5.2; 10.7. En la «Exhortación», donde cita todos estos versículos, siempre escribe el nombre con la hache final, excepto en un caso: en Éxodo 5.1 y 2, escribe primero «Iehovah» y luego «Iehova»). Y como señalamos, en el texto bíblico mismo solo usa la segunda forma.

Los demás nombres propios

Dice el Revisor:

Los nombres propios avemos retenido como comunmente se pronuncian […]. Bien quisieramos que los nombres fueran los proprios hebreos: pero no los avemos usado, porque queremos hablar de manera que doctos, y indoctos nos entiendan.15

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Biblia Vulgata

En el amplio estudio que de los nombres propios hace el Dr. Jorge A. González, en la obra ya mencionada,16 —estudio que se limita solo al AT— señala que, al cotejar la ortografía en las dos obras que analiza, se desprenden dos hechos fundamentales: (1) Reina sigue la ortografía de la Septuaginta, de la Vulgata o de las dos; y (2) Valera tiende a modificarla tomando en cuenta la ortografía de esos nombres en el texto hebreo.

¿Solo esos cambios?

En su «Exhortación», el Revisor ha indicado, de manera expresa, que los cambios que ha introducido en el texto del «primer Traductor» son los que acabamos de indicar en la sección precedente. Pero, se quedó corto. El Dr. González ha destacado las siguientes categorías de estos otros cambios: (1) adiciones al texto de Reina, para sujetarse, por regla general, a una traducción más literal del texto hebreo; (2) supresiones, motivadas por el mismo principio de traducción; (3) substituciones de palabras o frases. (La naturaleza de los diferentes tipos de substituciones es muy compleja).

No nos es posible, en este trabajo, entrar en los detalles de estos aspectos. El Dr. González documenta muy bien, con continuas referencias a la revisión de Valera, las observaciones que hace.17

En resumen, puede decirse que muchísimos de los cambios hechos por Valera se orientan a una comprensión y traducción más conforme a la letra del texto hebreo. De los análisis hechos por los especialistas se llega a una conclusión inevitable: no siempre Valera entendió mejor que Reina el significado del texto hebreo. Un ejemplo anecdótico ilustra este hecho: Cuando los responsables de la revisión de 1995, de la Reina-Valera, llegaron al texto de Isaías 59.19, indicaron al Comité revisor que consideraban que la última parte de ese texto estaba incorrectamente traducida. Propusieron, entonces, la siguiente traducción (que es la que aparece en la edición impresa): «porque él vendrá como un río encajonado,/ impelido por el soplo de Jehová».

Lo anecdótico fue que, una vez adoptada la nueva traducción del texto, nos preguntamos por el origen de la traducción anterior. Y descubrimos, para sorpresa de todos, que la Biblia del oso tenía esta traducción: «porque vendrá como rio violento impellido por viento de Iehoua»; o sea, idéntica, en cuanto a significado, a la nueva traducción adoptada. Eso quería decir que en el camino entre 1569 y algunas de las revisiones posteriores se hizo el cambio que aparece en la de 1960. Para sorpresa de todos los miembros del comité, se constató que tal cambio lo introdujo Valera, quien había corregido esa parte del versículo para que leyera así: «porque vendrà el enemigo como rio, mas el espiritu de Iehova levantara vandera contra el» (la cursiva indica adición del traductor).

Antes de la conclusión

Tanto en la «Amonestación», de Reina, como en la «Exhortación», de Valera, se encuentra una extraordinaria riqueza de pensamientos sobre diversos aspectos que atañen a la traducción de la Biblia. Como hemos tenido ocasión de destacar, específicamente en el caso de don Cipriano de Valera, sus ideas corresponden, y responden, en algunas ocasiones, a la polémica situación en que vivió, por lo que están históricamente condicionadas. Así hay que entender, por ejemplo, los términos que usa para referirse tanto a los judíos como a los católicos (identificados estos últimos —aunque no todos— con los perseguidores de la palabra de Dios).

Por otra parte, la actitud que asumen frente a la realidad que les presenta el conjunto de materiales con los que trabajan —los textos en los idiomas originales y las traducciones tanto antiguas como modernas, respecto de ellos— muestra que asumieron una responsable actitud académica y reconocieron sus limitaciones.

Conclusión

Concluimos como comenzamos: «No existe la traducción perfecta. Tampoco, la revisión perfecta de una traducción imperfecta». Casiodoro de Reina realizó un trabajo extraordinario al traducir la Biblia, en medio de penurias y persecuciones. Pero, además de que era un ser humano sujeto a errores, como todos los seres humanos, y de que la labor de traducción de un texto como la Biblia es muy compleja, sus herramientas de trabajo eran del siglo 16. Hizo una labor excelente, pero esta no carecía ni de limitaciones en la comprensión de ciertos textos ni de las desventajas que se desprendían del hecho de contar solo con un número muy reducido de manuscritos —especialmente del NT— para tan ingente empresa. Cipriano de Valera, que justipreciaba el trabajo de su compañero de luchas, contribuyó a mejorar —en el marco de limitaciones y falencias similares— la labor de Reina, y nos legó la primerísima «Reina-Valera», que, con el transcurrir del tiempo, llegó a convertirse en instrumento privilegiado para la propagación del mensaje del evangelio, por los protestantes, en tierras de habla castellana.

Cerramos este homenaje al primer Traductor y a su más ilustre Revisor con las palabras de este último al terminar su «Exhortación»:

Mi intento a sido servir a mi Dios, y hacer bien a mi nación. ¿Y qué mayor bien les puedo hacer que presentarles el medio, que Dios ha ordenado para ganarle ánimas, el cual es la leción de la sagrada Escritura? […] Plega a su Majestad quiera por su Cristo aceptar este mi MINCHAH, este mi sacrificio vespertino, que yo le ofrezco en mi vejez. Suplícole bendiga esta su obra, para que su sacrosanto nombre, el cual es anunciado en ella, sea santificado en España, como lo es en otras naciones.

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Notas y referencias
1«Exhortación», p. 9, sin numerar.
2Quien solo aplicó ese calificativo de «apócrifo» a los siguientes libros: 3 y 4 de Esdras y Oración de Manasés. (Véase Plutarco Bonilla, op. cit., p. 13.)
3Aquí se plantea un problema fundamental que diferencia la actitud de Reina de la de Valera. Mientras aquel se limitó, respecto de este asunto, a traducir los libros aceptados en el canon, sin siquiera intentar ofrecer un juicio teológico sobre el tema (él era traductor, no decididor de los contenidos del canon), Valera se inserta en lo que será la tradición protestante, que va a encontrar su definición «final», después de agria polémica, en el siglo 19. (Véase: Plutarco Bonilla, op. cit., p. 23-24).
4«Amonestación», p. 12. La última afirmación es muy significativa, pues es obviamente cierta respecto de la mayor antigüedad de los manuscritos hebreos que debieron haber usado los traductores de la LXX, en relación con el texto masorético (aunque no necesariamente respecto de los manuscritos que sirvieron para establecer este último).
5«Exhortación», p. 9, sin numerar.
6Tampoco hay citas textuales de algunos libros canónicos, aunque sí haya alusiones.
7Véase Nestle-Aland, Novum Testamentum Graece27 (Stuttgart: Deutsche Bibelgesellschaft, 1998), la sección «IV. Loci citati vel allegati» (p. 770-806), donde encontramos una larga lista de referencia a pasajes de los libros canónicos, deuterocanónicos y apócrifos, tanto en el AT como en el NT. En varios casos no se trata de citas textuales sino de alusiones.
8Citado en Hechos 20.35.
9Véase la nota a los vv. 12-13 en Dios Habla Hoy. Edición de estudio. No es el único caso. En Hebreos 11.37 se alude al Martirio de Isaías. Véase también la sección del Novum Testamentum Graece citada en la nota 21, p. 804-806.
10Ibid., nota a los v. 14-15.
11Véase la sección del Novum Testamentum Graece citada en la nota 21, p. 806.
12Esta práctica que adopta Valera —de incluir esos libros en sección separada, entre los dos Testamentos— sí marca una señalada diferencia con la actitud que asumirán muchas iglesias o editoriales protestantes, las que han eliminado totalmente de sus ediciones de la Biblia los libros llamados deuterocanónicos. El Revisor consideró que no debía mezclarlos con los libros canónicos, por la razón dicha, pero no los descartó a pesar de los argumentos que expone para declarar que no son palabra de Dios.
13«Amonestación», p. 12-13.
14«Exhortación», p. 9-10 (sin numerar).
15«Exhortación», p. 9 (sin numerar).
16P. 51-56.
17Véase Plutarco Bonilla, op. cit., p. 19-20, donde damos una lista de diez tipos de cambios introducidos por Valera, entre los que se incluyen los mencionados en el texto.
18Valera cita, por ejemplo, estas traducciones: al gótico, por Ulfilas; al árabe, por «un Obispo de Sevilla», al valenciano («a cuya traslación asistió S. Vicente Ferrer»); y al castellano (la Biblia de Ferrara: «el Testamento Viejo sin los libros apócrifos», impreso en 1553; «la Biblia de Casiodoro de Reina»; el NT de Francisco de Enzinas Burgalés, y el de Juan Pérez, que imprimió una revisión de aquel). Menciona, también, la Biblia políglota complutense, de «Francisco Ximenes, fraile Francisco, Arzobispo de Toledo, Cardelal, Gobernador y Inquisidor General de España»; y la políglota de Benito Arias, llamado Montano, por ser «natural de Frexenal de la Sierra» («Exhortación», p. 2-3, sin numerar).
19P. 11 (sin numerar). Hemos actualizado la ortografía, respetando el uso de mayúsculas y minúsculas del original. «Leción» es «lectura»

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