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Vidas solitarias

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«Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio.» (Marcos 1.40-42)

Vidas solitarias
Imagen provista por unsplash.com/@matthewhenry

¡Hay tanta gente solitaria en la ciudad! Personas que se levantan por la mañana sin esperanza ni un rumbo definido para su vida. Gente que sueña con la familia que nunca ha disfrutado, que quisiera ser libre del rechazo, que los demás se interesaran en ella, que desearía tener amigos y disfrutar de actividades sociales.

Hombres y mujeres que viajan a nuestro lado en el autobús cuando vamos al trabajo o a estudiar. Caminan junto a nosotros en la calle al ritmo de la multitud. Comen en el mismo restaurante. Gritan de alegría cuando nuestro equipo favorito resulta vencedor en el campeonato.

Trabajan, estudian, asisten a las reuniones de la iglesia, y sueñan con ser tenidas en cuenta por los demás.

En los evangelios vemos que Jesús se acerca a seres anónimos, abraza a los que nadie toma en cuenta, toca con sus manos a quienes la sociedad rechaza como «intocables». ¡Porque el amor de Dios es para todos y no se reduce a un grupo específico de personas!

Los seguidores de Jesús tenemos el privilegio de imitar su ejemplo en todo lo que hacemos. ¡Seamos constructores de «puentes» entre las personas! ¡Vayamos más allá del montón y preocupémonos por los individuos! ¡Seamos hijos e hijas de Dios que aman a su prójimo como a sí mismo!

Sumérgete: ¿Cuántos «intocables» pasan a nuestro lado sin que nos demos cuenta? ¡Abramos los ojos y seamos parte del cambio!

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