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Vivir vidas integras

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La integridad puede ser la posesión más preciosa que tengo, su violación mi más grande pérdida.

¿Soy confiable? Si no lo soy, todas las otras virtudes se convierten en inciertas. La pérdida de la integridad es una línea equivocada que hace peligrar todos los otros valores y menoscaba todas las relaciones. Aun la comunicación, en última instancia, depende en la confianza de que lo que la otra persona dice es fidedigno, y que lo que hace es confiable. No por nada Satanás es denominado el padre de la mentira, el más grande tramposo. En cambio Dios es quien es confiable.

Cómo convertirse en una persona íntegra

La clave es estar enfocados en Dios. Esta actitud está compuesta de tres elementos esenciales:

1. El temor a Dios

            Los ingredientes del temor a Dios son los siguientes:

            a.        Conceptos correctos del carácter de Dios.

            b.        Un penetrante sentimiento de la presencia de Dios.

            c.         Un constante conocimiento y comprensión de nuestra obligación hacia Dios.

Si tuviéramos cuanto más no sea algo de entendimiento de la infinita santidad de Dios y de su odio hacia el pecado, además de esa penetrante conciencia de la presencia de Dios en todas nuestras acciones, e incluso nuestros pensamientos, el temor de Dios influenciaría y regularía toda nuestra conducta.Deuteronomio 6.2: «A fin de que temas a Jehová, tu Dios, guardando todos los estatutos y mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que se prolonguen tus días.»

2. El amor a Dios

El hombre de Dios jamás olvidará que una vez fue el justo blanco de la ira y el juicio de Dios y que, a causa de su inmenso amor y sacrificio, hoy es «acepto en el Amado» (Efesios 1.6). Este conocimiento lo llevará a desarrollar un profundo amor por Dios que tocará cada área de su vida, haciéndola mejor.

Deuteronomio 6.4-5: «Oye, Israel: Jehová, nuestro Dios, Jehová uno es. Amarás a Jehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas.»

3. El deseo por Dios

El amor verdadero por Dios nos llevará a desearlo día a día. Desearemos su presencia, su palabra, su compañía. Esto producirá un deseo vehemente de estar en su presencia.

Salmos 42: «Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo. ¿Cuándo vendré y me presentaré delante de Dios?»

Salmos 63.1: «¡Dios, Dios mío eres tú! ¡De madrugada te buscaré!
Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela en tierra seca y árida donde no hay aguas». El anhelo por Dios produce un deseo de glorificar a Dios y agradarle.

La integridad es algo que no se logra mágicamente. Se debe trabajar para conseguirla. Comienza con la actitud de vivir íntegramente y se desarrolla toda la vida. Pablo le aconseja a Timoteo: «¡Ejercítate para la piedad!» Esto implica, decisión, ejercicio, disciplina y entrenamiento.

Principios del entrenamiento

1. Responsabilidad personal

Pablo le dice a Timoteo: «Ejercítate». Timoteo mismo es el primer responsable para el progreso de su integridad. Él no debía «descansar» simplemente en el Señor para conseguir el crecimiento y relajarse, aunque sí era el comienzo de todo. Timoteo debía comprender que era él quien debía ejercitarse basado en el poder del Espíritu dentro de él. Pero era él quien debía ejercitarse y crecer en integridad.

Muchas veces somos disciplinados en nuestros estudios o trabajos, pero le pedimos al Señor que sea él quien nos haga íntegros y maduros.

2. El objeto del entrenamiento es el crecimiento

La meta del ejercicio es el crecimiento de la vida espiritual de cada uno de nosotros. Esto es algo que debemos hacer diariamente. Nunca se llega a la meta, siempre hay espacio para crecer, pero aquí debemos vivir vidas que honren el nombre de Dios.

3. Comenzar a entrenar de a poco

Como todo atleta, los cristianos debemos prepararnos para entrenar. No se puede comenzar a entrenar desde el principio, de la misma manera en que los atletas experimentados lo hacen. Esto implica un proceso, un crecimiento.

  • El primer paso es el compromiso
    Nadie puede llegar a competir en las Olimpíadas sin haber pasado por muchas etapas previas, que implican un gran compromiso. Este concepto se repite vez tras vez en toda la Biblia. «¡Dios mío, tú eres mi Dios! Con ansias te busco, pues tengo sed de ti; mi ser entero te desea, cual tierra árida, sedienta, sin agua» (Salmos 63.1). «Me buscarán y me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón» (Jer 29.13). «Por esto mismo, poned toda diligencia en añadir a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor» (2 Pedro 1.5-7).
  • El segundo paso es un entrenador
    Nadie llega a brillar en ningún deporte sin un buen entrenador. En nuestras vidas como cristianos pasa lo mismo. Nadie puede crecer en su integridad sin el ministerio de enseñanza y entrenamiento del Espíritu Santo, y su guía de enseñanza es la Palabra de Dios. Por lo tanto, constantemente debemos exponernos a las enseñanzas del Espíritu por medio de la bendita Palabra de Dios. No podemos crecer real y definitivamente en integridad sin el conocimiento de la verdad: «Santifícalos en tu verdad —decía Jesús— tu Palabra es verdad» (Juan 17.17).
  • El tercer paso es la práctica
    Nadie puede desarrollar la vida que Dios quiere que vivamos sin una constante práctica. Es la práctica la que pone bases a nuestro compromiso, y de esa manera aplicar las enseñanzas del entrenador.

«¿No has puesto en temer a Dios tu confianza? ¿No has puesto tu esperanza en la integridad de tus caminos?» (Job 4.6).

«Entenderé el camino de la perfección cuando vengas a mí. En la integridad de mi corazón andaré en medio de mi casa» (Salmos 101.2).

«El que camina en integridad anda confiado, pero el que pervierte sus caminos sufrirá quebranto» (Proverbios 10.9).

«Esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos» (1 Pedro 2.15).

La integridad se relaciona con ser recto, intachable —completo, como aquello a lo que no le falta ninguna de sus partes. Relacionando esta definición con la Palabra de Dios decimos que integridad consiste, no tanto en decir lo que hacemos, sino en hacer lo que decimos. Es tener el valor de caminar por el sendero que trazan nuestras palabras.

Ser íntegro es abrazar la voluntad de Dios y seguir el ejemplo de Jesucristo de manera integral en cada una de nuestras acciones.

«Para esto fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas» (1 Pedro 2.21).

«¡Nunca acontezca que yo os dé la razón! ¡Hasta la muerte mantendré mi integridad!» (Job 27.5).

«Mejor es el pobre que camina en integridad que el fatuo de labios perversos» (Proverbios 19.1).

El Salmo 26 es un buen final para este artículo. Habla especialmente de la integridad. El salmista comienza y termina el Salmo poniendo su vida ante el escrutinio de Dios, enfatizando que ha vivido su vida en integridad.

Quiera el Señor que podamos hacer lo mismo. Vivir vidas íntegras de modo tal que podamos ponernos ante la presencia de Dios y proclamar ante él nuestra integridad.

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