El hebreo — Parte II

El hebreo — Parte 2

Sintaxis: Tal como se ha indicado en la cita de Auzou, la sintaxis hebrea prefiere la coordinación o concatenación de oraciones por medio de la secuencia conocida como vav-coversivo o vayiqtol («imperfecto convertido»), manifiesta en las traducciones literales con la presencia de la conjunción «y». A este tipo de sintaxis se la denomina parataxis en contraposición con la hipotaxis que presenta subordinaciones y secuencias más complejas, como sucede con el griego. Por eso se dice que la narración hebrea es sencilla y de estilo popular.

Peculiaridades lingüísticas del hebreo

Por Edesio Sánchez Cetina

El orden de las palabras en la oración común

De acuerdo con la lingüística moderna, los idiomas del mundo pueden clasificarse considerando el orden que sigue la oración más común y normal usada en el habla y en la escritura cotidiana. Es decir, ¿qué orden siguen el verbo (V), el sujeto (S) y el complemento (0)? Muchos idiomas siguen el orden SOV (por ejemplo, el alemán); otros, el orden SVO, como es el caso del castellano; otros como el griego siguen el orden VOS; otros siguen el orden VSO como el hebreo. La lista anterior no cubre todas las posibilidades, pero sí las más comunes.

De tal modo que si en el hebreo encontramos una oración así: «Vino palabra de YHVH a Jonás» (Jonás 1.1), ¿cuál será la manera de hacerlo en una expresión natural castellana?: «El Señor le habló a Jonás». Las traducciones formales o más literales como la RVR-60 mantienen la secuencia normal del idioma fuente (el hebreo), pero no el sentido natural de la oración como debería ser en castellano (el idioma receptor).

En Génesis 50.25 el orden hebreo natural de las palabras es: «Visitando visitará Dios a ustedes». Sin embargo, no hay traducción castellana, por más formal que sea con una traducción así. Por ejemplo, RVR-60 dice: Dios ciertamente os visitará. La DHH dice: En verdad, Dios vendrá a ayudarlos. Tanto RVR como DHH siguen el orden natural del castellano. Ambas versiones reflejan la intensificación de la acción tal como debe ser en castellano, y que en el hebreo se manifiesta en la duplicación del verbo (al indicativo lo acompaña el infinitivo absoluto).

Jueces 3.28 es otro buen ejemplo del orden normal en hebreo: «Porque entregó YHVH a vuestros enemigos los moabitas en vuestras manos». RVR dice: porque Jehová ha entregado a vuestros enemigos los moabitas en vuestras manos. DHH traduce: el Señor les daría la victoria sobre sus enemigos los moabitas.

Tenemos en Jueces 4.6 otro tipo de oración que permite, en cuanto a orden sintáctico, varias posibilidades en castellano. La traducción de RVR-60 sigue el orden del hebreo, y a la vez produce una oración satisfactoria en castellano: ¿No te ha mandado Jehová Dios de Israel…? DHH da una buena alternativa: El Señor, el Dios de Israel, te ordenó lo siguiente.

Desviación del orden común

Cuando en nuestra lectura del hebreo encontramos oraciones donde no se sigue ese orden común, lo más natural es preguntarnos ¿por qué? Por lo general, el cambio de orden se da entre el Verbo y el Sujeto. ¿A qué se debe este cambio en el orden?

En la narrativa, el cambio de orden sintáctico responde en muchos casos a la necesidad de introducir en la secuencia narrativa alguna cláusula parentética (disyuntiva) con el propósito de hacer una explicación sobre algún personaje o acción (Gn 37.3; 39.1; Jue 16.20), para indicar un contraste (Gn 1.5), para describir una circunstancia contemporánea (1 S 17.41) o anterior a la acción de la oración precedente (Gn 31.34; 39.1). En otros casos, a manera de énfasis, para marcar el inicio o final del clímax de la trama de una narración (Jue 3.12-30; en los vv. 19-20 y 24, 26 se hace la ruptura cambiando el orden normal de la oración). En los siguientes ejemplos podremos ver toda una variedad de razones, por qué el narrador hebreo ha dejado el orden normal para variar la sintaxis. A partir de estos ejemplos, podremos ver, también, por qué es esencial que la traducción del hebreo al castellano haga la transformación lingüística adecuada para una mejor comprensión del sentido original de la oración.

EL hebreo – Parte II

 

En Génesis 31.38 Jacob, enfadado con la excesiva «metalización» de su suegro, le lanza una expresión donde el cambio de orden manifiesta clara intención enfática: la indicación explícita de los animales que posee Labán. RVR-60 traduce así: tus ovejas y tus cabras nunca abortaron. Por ser esta una traducción formal o literal, se sigue el orden y la forma del hebreo, y de ese modo se pierde el peso enfático que se quiso dar en hebreo. La razón principal es que, a diferencia de lo que sucede en hebreo, la secuencia que tiene RVR-60 resulta ser la sintaxis común del castellano. Para el lector que no conoce la gramática hebrea, esta traducción no le dice nada sobre la intención enfática de la composición hebrea. La mejor forma de lograr el énfasis del hebreo en castellano es presentando una traducción similar a la que sigue: «Cuidé de tus animales con tanto esmero que tus ovejas y tus cabras nunca abortaron». La traducción más adecuada es aquella que logra reproducir en el idioma receptor el mismo énfasis o impacto que se logró en la forma peculiar hebrea. La DHH, reconociendo quizá el cambio de orden en el hebreo para énfasis, tradujo al castellano cambiando el orden normal de la oración castellana: nunca abortaron tus ovejas ni tus cabras.

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Otro ejemplo de cambio de orden por énfasis está en Génesis 41.16. Se coloca el sujeto primero para insistir en que es Dios y no José el verdadero actor de la respuesta al Faraón. La RVR-60 al traducir esta oración sigue el orden exacto del hebreo: Dios será el que dé respuesta propicia a Faraón. Al verterse la oración al castellano el traductor no ofrece al lector u oyente la fuerza enfática que se dio en el hebreo. DHH dice: pero Dios le dará a Su Majestad una contestación para su bien. El «pero» pasa a ser en DHH la marca del énfasis. Podría también marcarse el énfasis en castellano diciendo: «Será Dios mismo quien dé al Faraón la respuesta propicia».

En los dos ejemplos anteriores, el énfasis logrado por el hebreo —sujeto primero— no se puede reproducir en castellano si solo se recurre al orden de las palabras. Por ello la traducción formal de RVR no solo hace perder el énfasis, sino que confunde al lector castellano. Tal como está la traducción parecería que el hebreo tiene un orden distinto al que reproduce la RVR. El traductor deberá descubrir la mejor manera de traducir el énfasis en su propio idioma. Algunas veces, como en castellano, habrá que recurrir a otras posibilidades ajenas al orden de las palabras.

Por razones de énfasis, también se cambia el orden colocando el objeto o complemento al principio de la oración: «Mi aflicción y el trabajo de mis manos vio Dios» (Gn 31.42; véanse también Gn 42.18; Jue 13.22). La traducción de RVR-60 cambia el orden del hebreo para reflejar la sintaxis normal del castellano, y así pierde el impacto y énfasis que el hebreo logró dar al cambiar, precisamente, el orden sintáctico normal: Si el Dios de mi padre, Dios de Abraham y temor de Isaac, no estuviera conmigo, de cierto me enviarías ahora con las manos vacías; pero Dios vio mi aflicción y el trabajo de mis manos, y te reprendió anoche. La TLA ofrece una opción más feliz al transformar el orden del versículo así: ¡Qué bueno que el Dios de mi abuelo Abraham me brindó su ayuda! El Dios de mi padre Isaac fue bueno conmigo, pues me vio cansado y afligido, y anoche te reprendió. Si Dios no lo hubiera hecho, tú me habrías despedido sin nada.

La presencia de los pronombres personales en la oración debe considerarse también como cambio en el orden normal. Por ejemplo, la presencia formal (como ente separado del verbo) del pronombre personal como sujeto en la oración es ya de suyo enfático, no importa el orden. En este caso, lo enfático no se da por el cambio de orden sino por la presencia de un pronombre personal (véanse Jue 8.23; 9.23). Además, en el caso del pronombre en tercera persona, el cambio en el orden de los componentes importantes de la oración, responde no a una intención de énfasis sino para evitar el uso de la construcción del vav consecutivo cuando el verbo que sigue no marca un evento del mismo valor temporal que el anterior. Esto se da sobre todo cuando se inserta una cláusula circunstancial o explicativa (véanse, como ejemplos, Jue 3.26; 6.5; 15.14).
Otro cambio de orden que no necesariamente debe considerarse como enfático es la iniciación de la oración con el “S” Dios. Esto probablemente responda a la psicología religiosa que reconoce el lugar dominante de Dios. Esto ocurre sobre todo en el contexto de bendición: «Y el Dios omnipotente te bendiga» (Gn 28.3; véanse también 43.14, 29; 1 S 1.17; 24.20). Sucede también en contextos de teofanía: «El Dios de tu padre me habló anoche diciendo» (Gn 31.29; véase también Gn 48.3; Jue 13.6).

Un cambio de orden no enfático se da también con la presencia de algunos verbos; especialmente los de movimiento y conocimiento. En estos casos también el sujeto aparece en primer lugar en la oración: «Los hijos de Jacob vinieron del campo» (Gn 34.7; véanse también Gn 42.10; Jue 3.20; 4.14).

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El traductor y el exégeta deberán no solo estar consciente de estas peculiaridades del hebreo, sino también de cómo se presentan estas en el idioma receptor.

Expresiones idiomáticas

Las expresiones idiomáticas son particularmente importantes en la traducción y la exégesis, ya que ellas ofrecen su sentido más allá de la simple consideración del orden de palabras. Es decir, una traducción literal de esas expresiones da al traste con el sentido querido por el escritor bíblico. Veamos algunos ejemplos:

En Jonás 1.2 aparece la expresión: Levántate y vete a Nínive. Esta es una traducción literal del hebreo, y es como lo traduce RVR-60. La secuencia hebrea es la manera común de dar la idea de urgencia. La DHH logra indicar ese sentido de urgencia de la expresión hebrea al verterla de la siguiente manera en castellano: Anda, vete a… Nínive. Otra manera de decirlo es: «Vete de inmediato a Nínive». La TLA logra el énfasis al colocar la expresión entre signos de admiración: ¡Levántate, ve a la gran ciudad de Nínive!

La expresión hebrea shub shebut aparece unas 26 veces en el Antiguo Testamento. En RVR-60, siguiendo una traducción literal o formal, aparece así: haré volver a los cautivos (Jer 48.47; véanse también 29.14; 30.10). Si comparamos esta traducción con la de DHH (de igual modo NVI), una traducción más dinámica e idiomática, de inmediato nos damos cuenta de que hay algo más en el significado de la frase que una traducción literal: cambiaré la suerte. Un estudio cuidadoso de esta expresión en todos los contextos donde aparece sugiere que la mejor traducción no es la literal (p. ej. Sal 14.7) «de hacer volver del cautiverio», sino la inversión de una situación negativa de penurias a la restauración de una situación mejor, de paz y abundancia. El actor principal es siempre Dios (Babut: 222-223).

El tercer ejemplo es la expresión milé ajrey YHVH («llenar detrás de Yavé»). Como se ve, la traducción literal es imposible de comprender, por ello, ni las traducciones más literales siguen este principio. RVR-60 en Deuteronomio 1.36 dice: ha seguido fielmente a Jehová. La traducción de la DHH es similar, y la de la TLA, dice prácticamente lo mismo pero de diferente manera: Caleb fue el único obediente… Los siguientes textos también ofrecen ejemplos de cómo traducir y entender la expresión hebrea: Números 14.24; 32.11; Josué 14.8, 9, 14; 1 Rut 11.6. Un repaso de los varios contextos en los que aparece la expresión nos permite reconocer que se puede entender de diferentes maneras: «sin reservas», «sin fallar», «completamente», «con todo el corazón» (Babut: 193-195).

La repetición de palabras en hebreo

A diferencia del castellano, en hebreo la repetición de palabras sirve, entre otras formas, para expresar el superlativo: Las expresiones constructas (singular y plural) «Cantar de los cantares» y «Dios de dioses y Señor de señores» son ejemplos de ese tipo de uso en hebreo. Por desgracia, la mayoría de las traducciones al castellano siguen la traducción literal, evitando así comunicar la intención superlativa del hebreo. Una traducción más natural en castellano sería: «La canción más sublime» y «Dios supremo y soberano».

En algunas circunstancias, la repetición de palabras expresa dualidad: «mi ojo, mi ojo» (Lm 1.16). La traducción más natural en castellano sería: «mis dos ojos» o «mis ojos» como en DHH. Por otro lado, la repetición de palabras en hebreo se usa para expresar algo repetitivo: «día, día» (Gn 39.10; Is 58.2). En castellano lo más natural sería decir: «cada día» o «diario». Un cuarto uso de la repetición de palabras es para expresar continuidad: «generación, generación» (Ex 3.15). En castellano la expresión sería: «por todos los siglos», «para siempre». Finalmente, la repetición de los verbos sirve para señalar una intensificación de la acción. Por lo general, la forma conjugada del verbo aparece acompañada del infinitivo absoluto del mismo verbo (Gn 50.25; Dt 15.8). En castellano se logra el mismo efecto al acompañar el verbo con un adverbio o expresión adverbial: «abrirás bien tu mano».

Superlativo

En párrafos anteriores se señalaba que el superlativo se logra en hebreo por medio de la repetición de palabras en expresiones como «Cantar de los cantares». Como se indicó, esta no es la única manera de indicar el superlativo en hebreo. Otra forma de expresarlo es acompañando el elemento que se quiere marcar con la expresión «de Dios». Esta forma idiomática propia de los idiomas semíticos ha traído problemas de comprensión y traducción de varios superlativos hebreos, tergiversando su sentido, y dándole otros que causan hasta problemas doctrinales. Quizá el caso más problemático sea el de Génesis 1.2. En ese versículo aparece la expresión ruaj Elohim. Como es una cláusula constructa, la traducción casi literal (presente en una gran cantidad de versiones) es: «Espíritu de Dios». Digo casi literal, porque ruaj tiene como traducción básica, de acuerdo con los léxicos, la palabra castellana: «viento». Si se considera la expresión hebrea como forma superlativa, la traducción más natural sería: «un viento muy fuerte» o «viento poderoso». La expresión «de-dios» es una forma propia del hebreo para marcar superlativo. Véanse los siguientes ejemplos:

En Éxodo 9.28, RVR-60 traduce así: Orad a Jehová para que cesen los truenos de Dios y el granizo, y yo os dejaré ir, y no os detendréis más «Truenos de Dios» o «voces de dios» (una traducción más literal del hebreo) debe traducirse al castellano en su correspondiente superlativo: «truenos», simple y llanamente, como en DHH y TLA, o «poderosos truenos». En Salmos 36.7 aparece la expresión «montes de Dios» (RVR-60). Esa misma expresión aparece traducida en DHH de la siguiente manera: «grandes montañas», señalándose así el sentido querido por el escritor hebreo al usar la expresión «de-dios». La línea que sigue apoya el uso del superlativo en la expresión «montañas de dios» al colocar en forma paralela la frase: «abismo grande». En Salmos 68.16 tenemos un ejemplo similar. Jonás 3.3 es, quizá, el mejor ejemplo de cómo la forma constructa «de-dios» manifiesta el superlativo. En ese versículo aparece la expresión: «ciudad grande de dios/dioses». Hasta la RVR-60 considera esa expresión como superlativa y la traduce así: «ciudad grande en extremo».

El arameo

El arameo es el idioma del cual se tiene la más completa y mejor información que cualquier otro de los idiomas que forman la subfamilia semítica noroccidental —hebreo, fenicio, ugarítico, moabita, amonita y edomita. Las pequeñas porciones del texto arameo que tenemos en la Biblia (Dn 2.4—7.28; Esd 4.8-68 y 7.12-26; Jer 10.11; Gn 31.47 [dos palabras] y algunas palabras y frases aisladas en el NT) no permiten, a menudo, reconocer la enorme importancia de este idioma para los estudios bíblicos y para un mejor conocimiento del contexto histórico y político de los años que van del 600 a.C. al 700 d.C. En esa época, el arameo era el principal idioma usado para las transacciones comerciales, políticas y literarias. Fue el idioma principal de Palestina, Siria y Mesopotamia en la etapa formativa del cristianismo y del judaísmo rabínico.

Jesús y sus discípulos, de acuerdo con los relatos de los Evangelios, hablaron arameo. Partes de los libros más tardíos de la Biblia hebrea, así como algunas porciones de los Evangelios y del libro de Hechos son, de acuerdo con algunos investigadores, traducciones de documentos arameos originales; y aun si no fueran traducciones, la influencia aramea en esos textos griegos no se puede poner en duda. El hebreo bíblico tardío y el hebreo rabínico manifiestan una profunda influencia aramea tanto en su vocabulario como en su gramática.

EL hebreo – Parte II

Dos de las traducciones más importantes de la Biblia hebrea —la Peshita siríaca y los Targumes judíos— son arameas; lo mismo se puede decir de una importante porción de la literatura rabínica. En arameo están, también, todo el cuerpo literario del cristianismo siríaco y la literatura de los mandeanos (una secta gnóstica no cristiana del sur de Mesopotamia). El árabe gradualmente ocupó el lugar que antes ocupaba el arameo después de la conquista musulmana, por el año 700 d.C. El día de hoy existen pequeños grupos de habla aramea tanto en los Estados Unidos como en el Asia Menor.

Para un estudio más expedito del arameo, el conocimiento del hebreo es esencial, debido a la cercanía lingüística de ambos. Prácticamente en todas las partes de la gramática (fonética, morfología y sintaxis) existen semejanzas en ambos idiomas, sin embargo existen diferencias notorias. Por ejemplo, en la morfología, mientras que en el hebreo el plural masculino se señala con la letra mem al final de la palabra, en el arameo se marca con la letra nun. En el caso del plural femenino, la tau reemplaza a la nun. También se notan diferencias importantes en la formación de los distintos temas verbales. En cuanto al orden de la oración (sintaxis), el arameo antiguo sigue la secuencia del hebreo: VSO (verbo-sujeto-objeto), el cambio ocurrirá en períodos tardíos cuando el orden será: SOV.

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Bibliografía

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