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Vivir sanos en una sociedad enferma

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Introducción

El apóstol Pablo, con la experiencia que dan los años y la dirección del Espíritu Santo, comprende las tensiones en que vive el joven Timoteo. Sus cartas son consejos, guías y exhortaciones no solo espirituales, sino también prácticos. Podríamos resumirlos como «El arte de vivir sanos en una sociedad enferma».

Para ayudarnos a vivir en nuestros tiempos y circunstancias, veamos tres retos que debe enfrentar la juventud moderna —y el resto de nosotros— analizando el problema, la causa y la solución de cada reto.

  1. El reto cultural

    2 Timoteo 3.14-17: «Tú, por tu parte, persiste en lo que has aprendido y en lo que te persuadiste, pues sabes de quién has aprendido; tú desde la niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra».

    El problema es que todo es cuestionado. Todo es relativo y destruido. La mentalidad posmoderna nos inclina a pensar que no hay absolutos, que todos puede estar bien —o mal— de acuerdo a la circunstancia y a la persona que evalúa.

    Vivir sanos en una sociedad enferma
    (Image by Wendy Corniquet from Pixabay)
  2.  
    1. La causa es que vivimos en una cultura materialista que olvida que el hombre es un ser espiritual guiado por principios espirituales absolutos.
    2. Ante esto, es claro que la solución descansa en la autoridad eterna de la Palabra de Dios. Los hombres podrán denostar la Biblia, pero nunca contradecirla. Pablo le dice a Timoteo: «Persiste en lo que has aprendido y en lo que te persuadiste… las Sagradas Escrituras».
  3. El reto político

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    Photo by Natalie Chaney on Unsplash

    1 Timoteo 2.1-2: «Ante todo, exhorto a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los que ocupan altos puestos, para que vivamos con tranquilidad y reposo, y en toda piedad y honestidad».

    1. El problema es que como somos seres sociales, políticos, somos presionados por todas partes; nos inclinamos para un lado u otro por propaganda. Y cada día el resultado es peor.
    2. La causa es una equivocada interpretación de la historia: Dios tiene las riendas, no los hombres.
    3. La solución nos llega desde una visión triunfante del reino de Dios. El joven cristiano, si bien vive en este mundo, regido por la política, vive por encima de todo eso, tiene la mirada puesta en las cosas de arriba; y actúa en consecuencia.
  4. El reto de identidad

    1 Timoteo 4.16: «Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello. Su haces esto, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen».

    1. El problema es que no sabemos quiénes somos. La pregunta de la identidad ha estado en el corazón del hombre desde que perdió su verdadera identidad en el huerto de Edén.
    2. La causa es que estamos al haber perdido nuestra verdadera identidad en el principio, estamos confundidos con nuestra propia naturaleza: amor, sexo, placer, amistades…
    3. La solución llega a nosotros cuando conocemos al Señor. Él nos ayudar a recuperar nuestra verdadera identidad y a conocernos a nosotros mismos. Jesús tenía muy en claro quién era, de dónde venía y hacia dónde iba. El apóstol Juan lo declara: «Jesús, que sabía que el Padre había puesto en sus manos todas las cosas, y que había salido de Dios, y que a Dios volvía» (Juan 13.3).
Vivir sanos en una sociedad enferma
Photo by: gift-habeshaw-unsplash

Conclusión

El joven cristiano es el único que puede vivir encima de todas las respuestas: tiene a Cristo, que es la respuesta de Dios para sanar a una sociedad enferma. El joven cristiano sabe cuál es el problema, conoce muy bien la causa, y vive cada día de manera victoriosa gracias a la solución: Jesucristo. Podemos vivir sanos en una sociedad enferma.

Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14.6).

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